Laibach

Espejismos del lenguaje

Por SERGIO MONSALVO C.

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Cuando apareció el disco We’re Only in it For the Money, de Frank Zappa & The Mothers of Invention, una cínica declaración de principios en el que se burlaba de todo y de todos (tanto de las utopías como de las políticas derechistas y sus ideas represivas), le preguntaron a Zappa sobre las reacciones que mostraba el público al oír su material (un lenguaje nuevo a fin de cuentas), a lo que éste, desconcertado,  respondió: «El problema no es de comunicación sino de entendimiento, la gente no tiene la menor idea de qué es lo que hago».

Algo semejante es lo que le sucedió al dadaísmo, al cubismo, al atonalismo, a las artes en general, al comienzo del siglo XX con sus propuestas vanguardistas y nuevos lenguajes; algo semejante es lo que le ha sucedido a Laibach a lo largo de su ya dilatada carrera de casi cuarenta años.

Este grupo esloveno se formó en la ciudad industrial y minera de Trbovlje, en 1980, cuando Eslovenia era aún parte de Yugoslavia, bajo el martillo soviético y el férreo gobierno del mariscal Tito. Desde entonces ha trabajado con “el lenguaje ordinario” que usufructúan los Estados totalitarios, contrarios a cualquier modernidad en ese sentido, manteniendo la perspectiva irónica de aquellas vanguardias artísticas como si de un espejo deformado se tratara.

El grupo inició su andanza adoptando los ritmos repetitivos y martilleantes y girando alrededor de la temática del poder, con un componente fascista teocrático que se afianzaba con un look soviético militarista. Había en ellos capas de ironía, rock maquinal, synth pop y beats marciales. Una fórmula contundente, punk y provocadora. Ante el pasmo generalizado, se les incrustó dentro de la novedosa Electronic Body Music (EBM).

Así se definió en un inicio su estilo que era el encuentro de la estética paramilitar, actitud nihilista, atmósfera oscura y sonidos electrónicos toscos, industriales y voces ambivalentes, de lo femenino a lo gutural, para canalizar la agresividad lingüística de una manera inserta en el retro futurismo y el vintage del suprematismo soviético.

Wow! Casi nada, ¿verdad? ¿Y qué es lo que ha caracterizado a semejante banda en sus largas cuatro décadas? No la sencillez sino la sofisticación; no la transparencia sino la opacidad; no la simpleza sino su opuesto: lo intrincado del lenguaje.

Es decir, estamos hablando de un grupo para gente que se plantea las cosas desde la raíz, consciente de su contexto histórico (informada) y que acepta el reto de la deconstrucción a través de lo dicho y escuchado. Oyentes flojos, por favor abstenerse.

Laibach desde la distancia temporal de las vanguardias artísticas de principios del siglo XX, provoca un acercamiento a la realidad social que vivimos (líquida hasta decir basta), la que bajo la directriz de los distintos gobiernos del mundo usa el más rastrero común denominador en el lenguaje cotidiano para erradicar de significado a los fenómenos sociales que los aquejan.

Y lo hacen empleando el control del mismo para promover –por todos los medios, literalmente– el infantilismo emocional de los ciudadanos, de las personas. Comienza en el ámbito de la diversión y el espectáculo, sirviéndose de ellos como valor social, y extendiéndolos hacia todas las demás áreas para concluir en la política y sus vericuetos.

Con dicha estrategia estatal, utilizada en toda geografía, los gobiernos buscan la ampliación de sus sistemas simbólicos –patrios, religiosos, populares– en detrimento de los significados de los mismos. Se despreocupan de los contenidos y dan preponderancia a las propiedades formales de las imágenes.

Laibach en sus presentaciones, con sus sonoridades y refuerzos simbólicos (también llamadas acciones o intervenciones culturales), hace evidentes tales hechos y obliga a quien los ve y escucha a replantearse el conocimiento de su propio entorno y de la manipulación de los lenguajes que lo conforman.

A lo largo de los años su música se ha ido transformando, y su muy interesante y extensa discografía de más de dos decenas de álbumes da cuenta de ello: desde el EBM del homónimo Laibach, pasando por el dark wave neoclásico, el experimental electrónico, hasta la música industrial de Spectre.

Paradójicamente en ese camino andado ha recibido el apoyo de sucesivas generaciones tanto de comunistas como de anticomunistas, de antifascistas como de neonazis. Su actuación en Corea del Norte en el 2015 (como primer grupo extranjero en hacerlo en tal país totalitario), es uno de dichos aconteceres irónicos.

El uso que han hecho de la cruz negra del pintor Kazimir Malévich en sus portadas y escenografías (símbolo y soporte por antonomasia de la estética suprematista soviética), así como de los uniformes militares en sus presentaciones, han obligado al público a cuestionarse acerca de la identidad y sobre la responsabilidad personal y colectiva ante tales herramientas estatales.

Esa es un acto regular de Laibach, la saturación de imágenes simbólicas del Estado y del aparato teológico que las sostiene, práctica recurrente en el movimiento artístico NSK (Nuevo Arte Esloveno) al que pertenece el grupo desde sus orígenes.

El grupo lo hace sin proporcionar indicación alguna acerca de lo que realmente quiere decir o cuáles son sus objetivos. Esta ambigüedad ha envuelto las actividades de Laibach durante su carrera. Y lo han dejado bien claro en canciones como en “We Are Time”, donde dicen:

“No tenemos respuestas a tus preguntas/ Pero podemos cuestionar tus demandas/ Tampoco queremos salvar tu alma/ El suspense es nuestra estrategia/ Somos Tiempo”.

Aunque hoy sea normal considerar al lenguaje como un instrumento de comunicación y entendimiento, durante siglos los filósofos modernos han visto en él justo lo contrario: el instrumento de los malos entendidos, de la confusión, de la ignorancia, de la guerra, de la manipulación ¿Están en lo correcto?

Al parecer sí. El lenguaje ordinario y tradicional de los Estados ha prevalecido sobre el del arte, que ha buscado con sus nuevas propuestas reducir a esa peligrosa herramienta siempre cargada de falsedad, de imprecisión y de dobles intenciones, populismo y posverdad. El combate ha sido desigual.

Las “bellas artes” han abrigado desde siempre la esperanza de descubrir el secreto de la percepción sensible de las palabras; la estructura oculta de los cuerpos y de las figuras, de las dimensiones y de las proporciones de los mismos; de los ritmos y las armonías, más allá de lo conocido.

Frank Zappa lo intentó en su momento y fue considerado como un freak (nadó contra todas las corrientes y sufrió por la falta de escuchas calificados). Laibach lo ha intentado desde dentro y es un proyecto freak tachado de sospecha. Los filósofos modernos han estado en lo cierto al notar que el lenguaje ordinario manejado por los Estados, es el elemento de confusión y de engaño.

Lo que el arte ha enseñado entretanto con los nuevos, es que también puede ser elemento de entendimiento y de certidumbre, y que cualquier intento de librarnos de sus peligros (como los que muestra Laibach: la ilusión subjetiva y personal sustituida por la incesante combustión de lo colectivo) sirve para encontrar en la intransigencia de lo popular, lo tradicional y lo ordinario, un lugar entre el retorcimiento que los Estados y sus políticos imponen al léxico, para exigirles la verdad.

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