Por SERGIO MONSALVO C.

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El sentido de lo oculto ha estado en la mente del ser humano desde que tuvo conciencia de sí. Por la curiosidad acerca de lo que lo rodeaba, por la búsqueda de respuestas a misterios físicos o metafísicos, terrenales o cósmicos. Como una manera de explicarse la existencia y la muerte. Como una forma de ser y estar en el mundo y frente a los demás.

La época antigua creó toda clase de cosmogonías e inframundos. La Edad Media las supersticiones, la religión, el rechazo y la persecución. El Renacimiento hizo volver lo oculto al primer plano y florecer en muchos sentidos. El romanticismo del siglo XIX lo puso en boga. El XX, a través de la contracultura lo reanimó en la práctica en muchos campos. La fragmentación del XXI hace de ello una urgencia.

A dicha manifestación se le suele identificar con lo inaccesible, lo rodeado de misterio, con expresiones sólo revelables mediante códigos secretos. En la imaginería más pedestre se le relaciona con celebraciones rituales, sectas, fantasmagorías, demonios, brujería, satanismo y magia negra. En mentalidades más sofisticadas con la mística, la telepatía, la alquimia, los planos astrales o cósmicos, entre otras cosas.

En una postura creativa al respecto el arte lo contiene desde el comienzo de cualquier civilización, de formas evidentes o invisibles, en la rareza fuera del conocimiento más común o en el exotismo de lo popular. En lo oculto se han recreado todas las artes: la pintura, la arquitectura, la escultura, la danza, la poesía/literatura, la cinematografía y, por supuesto, la música (en muchas de sus expresiones).

El rock, género musical al que todo lo humano le es inherente, lo ha mantenido cerca y presente desde los comienzos del mismo. Primero de forma caricaturesca, como corresponde a la etapa lúdica de su evolución, con ejemplos como “The Witch Doctor”, “The Fortune Teller”, “Devil in Disguise” o “I Put a Spell on You” y a la postre con vertientes y subgéneros que lo tienen como materia prima, del art-rock al black metal más extremo.

La historia del rock está conformada por sus mitos, y el fundacional es el de Robert Johnson, un joven guitarrista negro, quien optó por negociar su alma con el Diablo, en un cruce de caminos en Clarksdale, a cambio de la habilidad de interpretar el blues mejor que cualquier otro hasta ese momento. La localidad de Clarksdale se ubica en el corazón de Mississippi, en la zona conocida como el Delta.

Hoy quienes peregrinan por esa misma tierra mantienen la sensación o la fe de que en ese crucero, el polvo mágico de dichos lodos (justo donde se encuentran las autopistas 61 y la 49 de la topografía estadounidense), podrá levantarse de nuevo y volar en beneficio propio.

A partir de ahí, han transitado hacia y por el lado oscuro infinidad de historias de la misma índole a través de todas las épocas del género rockero, con casos notables y muy publicitados por los propios músicos y por los medios, disectados tanto por los fundamentalistas religiosos de toda índole y caterva que los acompaña (en páginas y páginas web de condenas infernales y dedos flamígeros), como por los fans adolescentes del heavy metal y derivados (en páginas y páginas web de celebración, estulticia y defensa).

En fin, la relación del rock con lo oculto es larga, trasgresora, tormentosa, global y harto productiva. La pila de discos es grande, al igual que el arte respectivo de las portadas, T-shirts, simbología (incluyendo las manos haciendo los cuernos), espectáculo, imposturas, malditismo y demás parafernalia.

El verano pasado, entre vacaciones y trabajo, lo pasé en Estonia, en Tallín su capital y en algunas otras localidades portuarias del mismo país báltico (Haapsalu, Kärdla y Pärnu). En Tallín, durante una caminata por las calles peatonales del centro de la ciudad, plagada de turistas nórdicos principalmente, me detuve en la terraza de un restaurante para tomarme una cerveza Saku.

Mientras leía un poco de la historia del país en el que tendría que estar un par de meses, repasé la cantidad de invasiones y diversas culturas que han participado en su formación que se remonta al inicio del siglo XI a de C., desde grupos y pueblos prehistóricos, pasando por el nazismo, hasta su independencia de los soviéticos en la última década del siglo XX. Toda clase de religiones paganas y cristianas han permeado su cultura, lo mismo que el comunismo, todo lo cual es manifiesto en su arquitectura, pero no solamente.

Estaba en esas cuestiones, cuando un tipo joven, vestido de negro y con una camiseta de llamativa imagen impresa se paró junto a mí y me preguntó si quería comprar uno de los discos que vendía. “Mi grupo y yo estamos difundiendo la trascendencia espiritual de nuestra mitología con la música para iluminar al mundo”, me dijo. Podía ser interesante, así que lo invité a sentarse y a tomarse algo. Lo hizo. Le pidió al mesero un té de eucalipto.

Antes de que me soltara su discurso le dije que tenía que resolverme primero cuatro preguntas: ¿qué? ¿quiénes? ¿cuándo? y ¿cómo? y después hablar de lo que quisiera y, además, le pregunté si podía grabar lo que dijera. Me afirmó con la cabeza y empezamos.

“Somos un grupo de rock independiente –subrayó–. Nos llamamos Illumenium. Es un nombre que surgió de la conjunción de las palabras “Illuminati” y “Millenium”, una inspiración surgida en un momento secreto del universo. Somos los iluminadores del milenio, con un nuevo mensaje. Llevamos lo inexplicable a los no iniciados (esos que sufren la incertidumbre por lo desconocido –me dijo–). Nuestra música es una amalgama de diversas corrientes del rock: hard, metal, punk y post-grunge, unida a lo esotérico

“Al grupo lo formamos seis músicos, pero en realidad hay más integrantes en la Orden, los que producen, los que diseñan y los que enseñan las prácticas espirituales y filosóficas y los que descubren los poderes latentes en el ser humano: Kari Kärner en la voz, Andre Kaldas, en los gritos y gruñidos, Grigori Rõžuk en la guitarra, Kevin Presmann en la batería, Alo Puusepp en el bajo y Artjom Jevstafjev en los demás instrumentos –no aclaró cuáles–.

“La mayoría procedemos de una banda anterior, Defrage, que se fundó en Pärnu en el 2007. Tocábamos básicamente heavy metal. Grabamos un par de EP’s y otros tantos álbumes. Pero uno de nuestros integrantes murió, así, de repente. Pasamos un tiempo de desconcierto, hasta que supimos que practicaba las artes oscuras, por lo que acudimos a un chamán de nuestra ciudad para saber por qué había sucedido aquél fallecimiento.

“Él nos explicó el incidente (cosa que no te puedo decir- afirmó–), pero además con adivinación nos reveló nuestra misión y destino y entonces decidimos cambiar de nombre. Algunos se fueron –no creían ser capaces del cambio– y otros llegaron –para ayudar–. La concepción musical ya no sería la misma, aunque conserváramos parte del material anterior. Agregaríamos géneros y modos distintos. Así surgió Illumenium, en el 2014, en octubre, el mes mágico.

“Procedemos de una milenaria cultura que vivió en Pulli hace 11 mil años, en el momento en que todos los dioses vigentes se reunieron ahí para construir la ciudad más grandiosa y al mejor hombre. Sin embargo, habían dejado de convocar al creador del Mal, que se presentó con sus pájaros de fuego cuando todo aquello estaba en su esplendor. La única manera de evitar la destrucción fue cubrirlo todo con agua y así tal esplendor quedó sumergido en las profundidades del mar.

“Algunos escogidos fueron enviados a divulgar el conocimiento por toda la Tierra. Nuestro clan permaneció cerca del sitio original en un lugar llamado Sinti y desde entonces nos hemos dedicado a hacerlo con la música a través de las épocas. En ésta –inicio de un nuevo ciclo cósmico— lo hacemos como Illumenium.

“Al principio te dije que somos un grupo independiente. Eso quiere decir que no tenemos patrocinadores, no tenemos contrato con ninguna compañía discográfica y todo el trabajo lo hacemos los miembros, desde la concepción de la música hasta la distribución de los discos que llevamos a cabo de ésta manera, acercándonos a la gente y ofreciéndolos por lo que nos quieran dar por ellos. Así sufragamos la gira ininterrumpida en la que estamos inmersos desde el 2015 y con lo ganado por los conciertos que damos reunimos el dinero para la siguiente producción. Hemos publicado dos álbumes, Towards Endless 8 y Gehenna [aquí me anunció que el siguiente sería Underdogs, con otro sonido llamado Hop Hip y aparecería próximamente. Esa es nuestra historia hasta ahora”.

Le compré los dos discos por el mismo precio que hubiera pagado en una tienda por ellos. No tenía ni idea de cómo sonaran, solo la vaguedad del heavy metal y algunas asociaciones semejantes, pero tenía curiosidad por escucharlos y mi romanticismo quiso colaborar con su espíritu pagano y alternativo, sus legados punk y con su imaginería, un aglomerado de leyendas, regadas con un discurso de vocabulario cuidado y selectivo, que evidenciaba lecturas y conocimientos varios. Ahora sé que en Estonia la historia del rock con lo oculto tiene una secta más, nada clandestina y que, al menos, no busca acabar con el mundo, sino hacer emerger el suyo.

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