El guardián entre el centeno

L. C. (5)

Por SERGIO MONSALVO C.

Página Web

Escucha y/o descarga el Podcast: 

 

“Los libros que de verdad me gustan son esos que cuando acabas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera tu amigo para poder llamarlo por teléfono cuando quieras”. Es una frase de Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, que millones de lectores han hecho suya, lo mismo que el concepto alegórico sobre el que se fundamenta la novela: El deseo del narrador de que nadie tenga que pasar por lo mismo que él, con una sensibilidad que contagia y termina identificándose con él.

La búsqueda de la propia identidad en la aventura de un joven iracundo. Dicha experiencia conformará uno de los libros más entrañables de la literatura y millones de adolescentes se ven reflejados en él, una generación tras otra. Por eso se le pone en la línea de los mejores textos de formación, porque cuando se elige la autoconfesión con la fuerza de la sangre, en el fondo se está hablando de la propia fragilidad.

El guardián entre el centeno es un libro que abrió ojos y oídos. Eso es algo que pasa pocas veces. Ilumina con sus pasajes, con su personaje y con la obra entera. Ensancha el corazón y provoca el hambre de saberlo todo sobre ella. Por eso se le ha traducido a infinidad de idiomas. Por eso se ha escrito tanto sobre el libro y su autor. Por eso el rock lo ha hecho parte de sí.

En él se encuentran los mismos dragones contra los que ha luchado el género desde sus fundamentos: las categorías opresivas de moral, historia, educación, clase, religión y autoridad. La rebeldía de ese acto contra un status castrante y abismal siempre necesita un guardián.

El guardián entre el centeno

J. D. Salinger

(fragmento)

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás mamadas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane.

Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante la Navidad pasada, antes de que me pusiera tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro [en realidad una clínica psiquiátrica], suele venir a verme casi todos los fines de semana.

Él será el que me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un Jaguar, una de esas naves inglesas que levantan los 150 kilómetros por hora como si nada. Le costó cerca de cuatro mil dólares. Ahora está forrado el güey. Antes no. Cuando vivía en la casa era sólo un escritor común y corriente. Por si no saben quién es, les puedo decir que escribió El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro.

Trata acerca de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo compró con su propio dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.

Empezaré por el día en que salí de Pencey, que es un colegio que hay en Agerstown, Pennsylvania. Habrán oído hablar de él. En todo caso, seguro que han visto la publicidad. Se anuncia en miles de revistas siempre con un tipo de muy buena facha montado en un caballo y saltando una valla. Como si en Pencey no se hiciera otra cosa que jugar todo el santo día al polo. Por mi parte, en todo el tiempo que estuve ahí no vi un caballo ni por casualidad.

Debajo de la foto del tipo montando siempre dice lo mismo: “Desde 1888 moldeamos muchachos transformándolos en hombres espléndidos y de mente clara”. Tonterías. En Pencey se moldea tan poco como en cualquier otro colegio. Y ahí no había ni un solo tipo ni espléndido, ni de mente clara. Bueno, sí. Quizá dos. Eso cuando mucho. Y probablemente ya eran así de nacimiento.

Pero como les iba diciendo, era el sábado del partido de futbol americano contra Saxon Hall. A ese partido  se le tomaba en Pencey como una cosa muy seria, y había que suicidarse o algo menos si no ganaba el equipo del colegio. Me acuerdo que hacia las tres de aquella tarde estaba yo en lo más alto de Thomsen Hill junto a un cañón absurdo de esos de la Guerra de Independencia y toda esa mamada.

No se veían muy bien los graderíos, pero sí se oían los gritos, fuertes y sonoros del lado de Pencey, porque estaban ahí prácticamente todos los alumnos menos yo, y débiles y como apagados los del lado de Saxon Hill, porque el equipo visitante por lo general nunca traía muchos partidarios. A los partidos no iban muchas chavas. Sólo los mayores podían llevar invitadas. Por donde se le viera era un asco de colegio.

A mí los que me gustan son esos lugares donde, al menos de vez en cuando, se ven unas cuantas aunque sólo estén rascándose un brazo, sonándose la nariz, riéndose o haciendo lo que les da la gana. Selma Thurmer, la hija del director, si va con bastante frecuencia, pero vamos, no es exactamente el tipo de mujer que lo vuelve a uno loco de deseo. Aunque simpática sí lo es.

Una vez fui sentado junto a ella en el autobús rumbo al colegio y nos pusimos a hablar un rato. Me cayó muy bien. Tenía una nariz muy larga, las uñas todas mordidas y como sangrantes, y llevaba pechos postizos de esos que parece que te van a picar los ojos, pero que en el fondo dan un poco de pena. Lo que más me gustaba de ella era que nunca te salía con el rollo sobre lo fenomenal que era su padre. Probablemente sabía que era un pendejo.

Si yo estaba en lo alto de Thomsen Hill en vez de en el campo de futbol, era porque acababa de regresar de Nueva York on el equipo de esgrima. Yo era el capitán. Menuda idiotez. Habíamos ido a Nueva York aquella mañana para enfrentarnos a los del colegio McBurney. Sólo que el encuentro no se celebró. Se me olvidaron los floretes, el equipo y todos los demás trastos en el Metro. No tuve toda la culpa.

Lo que pasa es que tuve que ir viendo el plano todo el tiempo para saber dónde teníamos que bajarnos. Así que regresamos a Pencey a las dos y media  en vez de a la hora de la cena. Los del equipo me aplicaron la ley del hielo durante todo el viaje de regreso. La verdad es que aquello tuvo su gracia.

La otra razón por la que no había ido al partido era porque quería despedirme de Spencer, mi profesor de historia. Tenía gripa y pensé que probablemente no estaría bien hasta ya bien entradas las vacaciones de Navidad. Me había escrito una nota para que fuera a verlo a la escuela antes de irme a casa. Sabía que yo no volvería a Pencey.

Es lo que todavía no les he dicho: me habían expulsado. No me dejarían volver después de las vacaciones porque había reprobado cuatro materias y no estudiaba nada. Me lo advirtieron varias veces para que me aplicara, sobre todo antes de los exámenes parciales cuando mis padres fueron a hablar con el director, pero no hice caso. Así que me expulsaron. En Percey lo expulsan a uno por casi nada. Tienen un nivel académico muy alto. De verdad.

Pues, como les iba diciendo, era diciembre y hacía un frío que taladraba en lo alto de aquella montañita. Yo sólo llevaba la gabardina, ni guantes ni nada. La semana anterior alguien se había llevado de mi cuarto mi abrigo de pelo de camello con los guantes forrados de piel metidos en las bolsas y todo. Pencey era una cueva de ladrones.

La mayoría de los que iban ahí eran de familias con mucho dinero, pero aun así era una auténtica cueva de ladrones. Cuanto más caro el colegio más te roban, palabra. Total, que ahí estaba yo junto a ese cañón absurdo mirando el campo de futbol y pasando un frío de los mil demonios. No me fijaba mucho en el partido. Si seguía clavado en el suelo, era por si me entraba alguna sensación de despedida.

Lo que quiero decir es que me he ido de un montón de colegios y de lugares sin darme cuenta siquiera de que me iba. Y eso me repatea. No importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy me gusta darme cuenta de que me voy de veras. Si no luego me da más pena todavía.

Tuve suerte. De pronto pensé en una cosa que me ayudó a sentir que me iba. Me acordé de un día de octubre o por ahí en que yo, Robert Tichener y Paul Campbel estábamos jugando  delante del edificio de Administración futbol soccer. Eran uno tipos estupendos, sobre todo Tichener. Faltaban unos pocos minutos para la cena y había anochecido bastante, pero nosotros seguímos dale que dale, dándole puntapiés al balón.

Estaba ya tan oscuro que casi no se veía la pelota, pero ninguno queríamos dejarlo de hacer. Al final no tuvimos más remedio. El profesor de biología, el señor Zambesi, se asomó por la ventana del edificio y nos dijo que nos fuéramos al dormitorio y nos arregláramos para la cena. Pero, a lo que iba, si consigo recordar una cosa de ese estilo, enseguida me entra la sensación de despedida. Por lo menos la mayoría de las veces.

En cuanto la noté me di la vuelta y eché a correr cuesta abajo por la ladera opuesta a la colina en dirección a la casa de Spencer. No vivía dentro del recinto del colegio. Vivía en una avenida cercana. Corrí hasta la puerta de la reja y ahí me detuve a recobrar el aliento. La verdad es que en cuanto corro un poco se me corta la respiración. Por una parte, porque fumo como una chimenea, o, mejor dicho, fumaba, porque me obligaron a dejarlo.

Y por otra, porque el año pasado crecí mucho. Por eso también estuve a punto de pescar una tuberculosis y tuvieron que mandarme aquí a que me hicieran un montón de análisis y cosas de ésas. A pesar de todo, soy un tipo bastante sano, no crean que no.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.