Navidad

Discos clásicos (VIII)

Por SERGIO MONSALVO C.

Página Web

Escucha y/o descarga el Podcast: 

 

En toda historia que se precie debe haber por lo menos un muerto. En ésta puede haber habido muchos, pero el único fallecimiento seguro fue el de un órgano y eso sucedió hace 200 años. Esa muerte suscitó todos los siguientes acontecimientos en los que estuvo involucrado un periodista, una mujer vestida de amarillo y cuatro ciudades.

Este relato comienza cuando la revista para la cual trabajaba Ulises Clue le encargó un artículo de época de cinco mil caracteres, para cerrar la edición de fin de año. “Envía por e-mail el tema y lo que vayas a necesitar. Tienes dos días para entregarlo”. Un típico bomberazo pensó Ulises. Seguro los demás colaboradores, precavidos, ya se habían largado de vacaciones.

Él no tenía planes. Su penúltima novia lo acababa de abandonar y su humor no estaba para festejos. Así que el asunto aquél lo distraería al menos por un rato. Pero, ¿cuál sería el tema? Se lo resolvió una nota de agencia que venía en el periódico que estaba leyendo. “Austria celebrará el 200 aniversario de ‘Noche de Paz’ en Salzburgo”. Perfecto. Ahí estaba el tema.

Lo primero que se le ocurrió fue ir a la Oude Kerk para saber desde cuándo se interpretaba ese villancico, en la Noche Buena y en Navidad, en ese recinto antiguo. No encontró al organista en jefe, se le esperaba hasta el día siguiente por la tarde. “Pero si le interesa el asunto puede hablar con el anticuario que presta una copia para que se interprete en este órgano”, le dijo el encargado del templo.

(Aquel instrumento era el Gran Órgano que se armó dentro de la iglesia en 1724. Está revestido de roble y madera marmolada, adornado con figuras bíblicas. Cuenta con ocho fuelles y 54 tubos dorados. Se le considera el mejor órgano barroco de Europa. “Un ejemplar perfecto”, según los enterados. Sólo se toca en ocasiones especiales.)

Clue llegó a la dirección proporcionada. La tienda estaba a una calle del edificio de la Heineken Experience, en el barrio De Pijp. El anticuario era un hombre mayor que aparentaba unos maltratados setenta años u ochenta, quizá. En ese momento atendía a una atractiva mujer, vestida con un llamativo abrigo amarillo, que hojeaba un libro. Clue se presentó y le dijo a qué iba.

El otro se disculpó con ella, lo pasó a su oficina y le dijo que estaría con él en unos minutos. Ulises se levantó de la silla y se paseó por el lugar, lleno de libros y objetos diversos relacionados con la música, sobre todo. No pasó mucho antes de que volviera el hombre. “Es curioso, nunca pensé que a alguien le importara esa microhistoria de la pieza. Y hoy, en el mismo día, aparecen dos personas interesadas en ello”, comentó el anticuario.

“¿En cuál revista aparecería esta información?”, preguntó. Clue le dio el nombre. “Magnífico. Entonces tengo una exclusiva para usted. Es algo que se conservará en las hemerotecas y en Internet como algo serio. Magnífico”, repitió. Se frotó las manos y se dirigió a una caja fuerte que había un tanto escondida por ahí.

Sacó un portafolio de forros gruesos. Abrió el cajón del escritorio y se puso un par de guantes blancos. Pero antes de abrirlo fue hacia la puerta, la entreabrió y se fijó si no había alguien más en la tienda. La cerró silenciosamente. Regresó frente a Clue, quien ya había preparado la grabadora y escribía algunas notas en un cuaderno. Le dijo: “Esto es muy emocionante. Lo que va usted a ver es invaluable y a mi muerte será donado al Archivo de la ciudad”.

Abrió el portafolio y sacó un folder de tapas duras que contenía unas hojas amarillentas. Las puso sobre el terciopelo que cubría la superficie del escritorio y dijo orgulloso: “Lo que ve aquí es una copia original de la partitura y letra de ‘Stille Nacht, heilige Nacht’ (Noche de paz, noche de amor). Mi familia la trajo de Austria hace más de un siglo”, comentó.

“Mi bisabuelo trabajaba en la Nikolauskirche (la iglesia de San Nicolás) de Oberndorf, cuando se decretó su demolición. Entre las cosas que el sacerdote dejó olvidadas tras la mudanza estaba una caja llena de partituras. Mi bisabuelo las rescató pensando en su hijo, que entonces estudiaba para organista. Eran pobres y no tenían para comprar partituras”.

“El artículo se está escribiendo solo”, pensó Ulises “¡Magnífico, magnífico!”, remedó las palabras escuchadas. Los ojos le brillaban al anciano, que no paraba de hablar: “Por una u otra cosa mi abuelo nunca llegó a tocar todo ese material ni a conocerlo. En el ínterin, tras sus estudios musicales, se hizo anticuario, además. Pero  mi padre –que heredó el oficio– sí lo hizo y al escarbar encontró oro.

“En el fondo de aquella caja apareció una copia de ‘Noche de paz, noche de amor’ hecha al mismo tiempo que el original. Es decir, el documento databa de 1818. En la indagación mi padre se enteró que Joseph Mohr –un sacerdote austriaco de la parroquia Mariapfarr (Santa María)– escribió la letra un par de años antes, pero no la interpretó porque el órgano del lugar se había descompuesto irremediablemente. Había fallecido el pobre”, dijo triste el anticuario.

“Mohr, entonces, le llevó la composición a Franz Xaver Gruber –un maestro de escuela y organista—para que le hiciera un arreglo para guitarra, un instrumento fácil de conseguir. De esta manera, la primera vez que se escuchó tal tema fue el 24 de diciembre de 1818, con una guitarra acompañando al coro de la parroquia.

“Ahí se tocó y cantó localmente durante más de una década hasta que otro músico la interpretó durante un festival navideño en Leipzig, en 1833. De tal lugar partiría para el resto del mundo. La Nikolauskirche (la iglesia de San Nicolás, cuna del villancico) se demolió al comenzar el siglo XX, como ya le comenté. Una inundación la provocó”, dijo el hombre.

“Le voy a contar un secreto”, añadió luego de una pausa. “Al enterarse mi padre que el manuscrito original se había perdido, según los historiadores, se puso a copiarlo meticulosamente y lo envió anónimamente al Museo Carolino Augusteum de Salzburgo, donde ahora se guarda como un tesoro.

“Pero yo tengo el verdadero –sentenció–. Y ése se va a quedar aquí en la ciudad. Desde que comenzó el siglo XX mi padre y luego yo, le hemos facilitado una fotocopia a la Oude Kerk para que la pieza sea interpretada durante dos noches en el Gran Órgano. Al término de las cuales nos la devuelven y así, cada año”, finalizó.

Clue le dio las gracias y le pidió que le dejara tomarle algunas fotos para ilustrar el artículo. Al principio no quería, pero cuando Clue le mencionó la posteridad ya hubo manera. Volvió a agradecerle todas sus atenciones y la exclusiva y le dijo que en cuanto saliera la revista él mismo le traería varios ejemplares.

“Tengo que ir hoy mismo a todos los lugares que mencionó el anticuario –calculó Ulises–. Tomaré más fotos, algunas notas más y el artículo quedará listo para mañana en la noche”. Fue a su casa. Abrió la computadora y envió el mensaje al editor, solicitando viáticos para ir a tres lugares en Austria. Para evitar algún reparo le mencionó lo de la scoop (exclusiva). Quedó aprobado. Compró el boleto de avión más próximo, imprimió su pase de abordar, hizo la reservación en un hotel cercano al museo y la cerró.

Guardó la computadora, la cámara, alguna ropa en su mochila y salió disparado rumbo al aeropuerto. Llegó a Salzburgo, alquiló un auto. Fue a los lugares mencionados, entrevistó a dos o tres personas, tomó fotos y notas y buscó el hotel. Por la mañana escribiría el artículo tranquilamente y lo enviaría por la tarde: “Justo a tiempo y en forma”, como solía repetir el editor.

Para darse un merecido descanso, Ulises bajó al bar del hotel. Pidió que le llevaran un whiskey a su lugar. Buscó un buen asiento y se sentó a leer el periódico que llevaba consigo. En eso estaba cuando escuchó el “Buenas noches” en inglés de la mujer vestida con un abrigo amarillo y con un acento indefinido (probablemente rusa, se dijo Ulises).

“Parece que tenemos curiosidad en común por algunas cosas”, le dijo ella con una encantadora sonrisa. Clue la invitó a sentarse. Le dijo que tomaría lo mismo que él al raudo mesero que estaba junto a ella y comenzó a desabrocharse el abrigo. Él observó todos sus finos movimientos sin decir palabra. Ella se sentó al mismo tiempo que llegaban sus bebidas. “Le voy a contar una historia, Mister Clue”, le dijo. Él le dio un largo trago a su Jack.

Aquellas fueron las últimas palabras que recordaba. Estaba en la cama de su habitación. Volteó y no había nadie junto a él. En la mesita de noche estaban sus lentes, cartera, llaves, etcétera. Se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Ahí estaba su mochila, su ropa, el pasaporte, el pase de abordar, pero faltaban la cámara y la computadora.

Preguntó en la recepción por una mujer vestida de amarillo. Nadie la había visto. Ningún mesero había trabajado la noche anterior, sólo el barman, que no se parecía en nada a quien les sirvió los tragos. Un gran “Shit!” salió de su boca. Tendría que tomar de nuevo las fotos con su teléfono, rememorar lo que le habían dicho los entrevistados para justificar los gastos y volver a hablar, con toda la pena del mundo, con el anticuario.

Volvió a Ámsterdam, y del aeropuerto se fue directamente a la tienda de antigüedades. Estaba cerrada. Había un letrero de “Ausencia hasta nuevo aviso. Motivo: vacaciones”. Otro Shit! voló por ahí. Se fue a su casa, escribió el artículo y lo justificó como una mezcla de autoficción y realidad histórica. Como un cuento de Navidad para festejar los 200 años de aquella pieza tan popular en el mundo (se canta en 300 idiomas y en muchos dialectos).

El anticuario no volvió a aparecer (tampoco tenía familia) y su tienda se incendió misteriosamente: “Con muy pocos objetos rescatables”, decía al respecto la breve nota roja. “Noche de paz, noche de amor” se interpretó como todas las noches buenas, desde hacía más de un siglo, con las copias en el atril del Gran Órgano. Ulises Clue la fue a escuchar por pura disciplina profesional. Iba solo.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.