ALABAMA SHAKES

EXITOSA UBICUIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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Existen lugares en el mundo en los que la orfandad social es un sello de autenticidad. Uno de estos sitios es Alabama, en los Estados Unidos. Es un punto geográfico en el que se puede palpar de primera mano la historia de la infamia, por ejemplo. Esa mancha indisoluble que significó la esclavitud, primero, y el inherente racismo que una guerra civil y luego muchas batallas no han podido limpiar, después, hasta hoy.

“I Never Comeback to Georgia” tarareó Dizzy Gillespie antes de lazarse a interpretar una de las tantas versiones de “Dizzy Atmosphere”. Ray Charles lo dijo sesgadamente en muchas de sus letras. Little Richard lo certificó en su biografia y las luchas pro derechos civiles lo han condenado en muchas imágenes y textos. Alabama es un estado maldito desde hace siglos y no parece que eso vaya a cambiar radicalmente en el presente o en un futuro próximo.

Así que nacer en tal espacio es un handicap para cualquier joven negro que busque vivir de manera decorosa o sobrevivir ahí. La mayoría sucumbe a los meandros de la miseria, los menos se van. Y unos cuantos buscan crearse su espacio con las herramientas de su talento artístico. El cual quizá sea reconocido fuera de sus fronteras y ello les brinde la posibilidad de expresar lo que son y lo que han sido.

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De esta manera imaginemos en alguna de sus ciudades (Athens) a una adolescente cursando la highschool, a sabiendas de la paupérrima oportunidad que eso puede representar. Pero ahí está, más para evitarse problemas con la asistencia social que por vislumbrar horizonte alguno. En los tiempos entre clases de ínfimo nivel se reúne con los otros alumnos en los patios para forjarse su propia cultura: subterránea, ilegal, al margen o asumir que sus aspiraciones sólo pueden alcanzar para un empleo burocrático.

De esta manera Brittany Howard conoció a Zac Cockrell. Intercambiaron su admiración por las camisetas que llevaban puestas, con lemas e imágenes de sus ídolos musicales. Salió a colación que ella tocaba la guitarra y cantaba y él –un blanco de clase proletaria– hacía lo propio con un bajo. Quedaron de verse al otro día en la casa de ella con los instrumentos y practicar un rato. Así también empezaron a componer y a hacer versiones de lo que les gustaba: el rock progresivo, con mucha improvisación.

A la salida de la escuela iban también a una tienda de discos para pasar el rato a oír las novedades o discos antiguos y para evitar que la policía los molestara si se juntaban con otros en las esquinas o en algún parque. Ahí trabaron amistad con el encargado, Steve Johnson, quien los adentró en los misterios de las rítmicas sureñas, y que también tocaba la batería. Decidieron formar un trío con esas tendencias: música de raíces.

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Juntaron el dinero que tenían entre todos y grabaron un demo bajo el nombre de The Shakes en la localidad cercana de Decatur con algunas canciones propias y cóvers de viejos éxitos del soul y el heavy metal. Una copia del mismo cayó en manos del guitarrista Heath Fogg, quien pidió unírseles tras ello. Ensayaron la cantidad necesaria de temas para cumplir con una actuación de 45 minutos.

Al ir a buscar trabajo en el circuito del estado les dijeron que tenían que cambiar de nombre pues había otras agrupaciones con tal apelativo a lo largo del Mississippi. Así que añadieron el Alabama al suyo y todo quedó solucionado. De tal forma iniciaron sus andanzas en el 2009, combinando sus diversos aprendizajes y escuchando a los forjadores del sonido sureño.

Tres años de estas correrías los templaron suficientemente como para poderse identificar. Llegó así la oportunidad vía las redes sociales. Una de las canciones de su primer demo, “You ain’t alone”, fue recomendada y compartida por el blog “Aquarium Drunkard”, ubicado en Los Angeles y toda una de las referencia del buen gusto y mejor criterio en cuanto a la divulgación de la historia y las novedades del rock.

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El futuro de Alabama Shakes estuvo echado con la multitudinaria aceptación a través de dicho blog. Desde entonces, Brittany Howard –extracto neto de aquella negritud señalada– y sus colaboradores, han seguido un camino que ha llevado su clasicismo hasta la multiplicidad actual.

En su debut discográfico, con Boys & Girls, el grupo aportó una fresca combinación de soul negro y rock blanco que funcionó magníficamente, y situó a Alabama Shakes como un caso inédito entre las nuevas bandas apegadas a las guitarras en plena era de la digitalización y el streaming. 

Muchos artistas contemporáneos llevan a cabo una obra que de forma invariable aglutina diversas corrientes dentro de ellas para incluirlas en su propuesta. En el centro de su labor se encuentra la indagación del pasado (tanto lejano como reciente) y sus recursos estilísticos, instrumentales y sonoros, así como también un método de búsqueda que consiste, básicamente, en atar las raíces de los géneros en los que están interesados.

A estos creadores quizá no se les vea como lo aventureros que son (arqueólogos actuales, en el aspecto musical), pero a cambio de ello se les puede seguir en sus pesquisas, excavando por aquí y por allá, para encontrar algo que añadir como pieza importante a su propio bagaje. De esta manera aparecen las indicaciones para descubrir la ruta que han seguido en la construcción de su quehacer artístico.

Así opera el grupo estadounidense Alabama Shakes, cuyos integrantes han explicado sus andanzas de esta manera: “Casi todo lo que hacemos está vinculado con el pasado, pero éste sólo nos interesa si tiene sentido en el momento presente”.

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Es decir, que en su hipermoderna propuesta no se trata de desenterrar raíces y unirlas sólo porque sí en un racimo anárquico, sino de encontrar la forma en que esas raíces se conecten y manifiesten de la mejor manera y hagan florecer un ejemplar tan semejante como distinto a ellas, que represente uno de los sonidos de la actualidad.

Tal aglomerado experimental fue concebido por estos músicos como un lugar que debe definirse más que por sus influencias específicas –que las tiene y varias— por su capacidad para afectar directamente el estado de ánimo del escucha, al ponerlo en una situación emocional cercana al arrobamiento ante el material expuesto.

En la década transcurrida desde su fundación, la banda de Alabama ha recogido todos los hilos que la componen y nos presenta con novedosa personalidad una versión panorámica del southern rhythm (blues-soul-rock) de la Unión Americana. En su periplo musical se hace patente su intención de mostrar por qué el ayer importa para la expresión de algo nuevo, sin un ápice de nostalgia y con una decidida mirada hacia adelante.

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Si en su debut discográfico, Boys & Girls (2012), enseñaron sus armas cargadas del blues y el soul de las compañías Stax y Muscle Shoals –cernidas con la templanza guitarrística de Steve Crooper y la incandescencia vocal de Otis Redding y James Brown, a cargo de la cantante, guitarrista y líder, Brittany Howard, y las melódicas cuerdas de Heath Fogg–, en su segundo volumen, Sound & Color (2015), la sección rítmica (Zac Cockrell, bajo y Steve Johnson, batería) hacen gala, además, de sus conocimientos setenteros en la línea de bajo y percusión funk-rock de Sly Stone (Sylvester Stewart).

Asimismo, en la nueva obra se pasean el fraseo de Joan Armatrading, la vanguardia del Prince ochentero, el rock de Kings of Leon y las explosivas guitarras y el estilo de producción de Jack White. Puras citas mayores. Por eso suenan tan familiares, pero al mismo tiempo diferentes y poderosos. Con la capacidad de recrear en el estudio de grabación la pujanza que vierten en el escenario.

INDIO, CA - APRIL 17:  Papilio Merraculous art installation by Poetic Kinetics watches as Alabama Shakes perform during day 1 of the 2015 Coachella Valley Music And Arts Festival (Weekend 2) at The Empire Polo Club on April 17, 2015 in Indio, California.  (Photo by Karl Walter/Getty Images for Coachella)

Sound and Color, además de su dimensión pangenérica, muestra al grupo como la singular banda que es, una que dibuja su particular autopista por la que transita a la vez que indaga en su materia referencial, pasando con alma y sentido por sus diferentes pulsaciones sureñas, porque tiene los recursos y las cualidades para eso y más.

Las décadas que recorren en sus canciones (“Don’t Wanna Fight”, “Dunes” o “Future People”, por mencionar algunos ejemplos) no pretenden el anclaje purista e inmóvil de lo retro, sino que con un espíritu transformador combinan todo ello con la necesaria libertad para acrisolar y redefinir el universo que abarcan con su visión y propósito de crecimiento y avance: el fruto recién cosechado de aquellas raíces.

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