BABEL XXI # 118

PANDORA’S CLUB

EL ARTE DE DESNUDARSE

POR SERGIO MONSALVO C.

 

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La historia de este programa se dio un día en Ámsterdam. Mientras esperaba el tram para ir a la Biblioteca Central, frente al Concert Gebow y el Museumplein, escuche la voz de alguien que me decía “Excuse me”, para que me moviera un poco y pudiera consultar el horario, puesto ahí, de las líneas de transporte público que pasaban por esa avenida.

Era una aparición pelirroja que hablaba el inglés con un misterioso acento. Me preguntó que tranvía la podía llevar al Rai (un centro para congresos, ferias y espectáculos). Se lo dije y a mi vez le pregunté si era turista. “Ya no”, resopondió. “Hoy comienzo a trabajar”. Me platicó que venía de Ucrania y que sería stripper en un club de la ciudad.

Le comenté que seguramente era una gran bailarina y que la iría a ver si me decía el nombre del club y el suyo. “Soy Ruby Scarlett” y el club “The Pandora’s”. Lamentablemente llegó su tram y la vi partir con una sonrisa y diciéndome adiós con la mano.

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Mientras caminaba de la Central Station a la biblioteca, entre los nuevos edificios, hoteles y restaurantes que ha construido el ayuntamiento de la ciudad para animar este barrio –lo cual ha conseguido–, me acordé cuando colaboraba en una revista “para caballeros” allá en México. Comenzaba por entonces mis andanzas como escritor freelancer.

Recordé, sobre todo, las veces que iba a entrevistar a alguna vedette o stripper, que aparecería en los números siguientes de la publicación. Solía ir con el fotógrafo al que ahora sólo recuerdo como “El Flaco” y quizá alguien más que aprovechaba la ocasión para echarse unos merecidos tragos a cuenta de la revista.

Hubo una ocasión que recuerdo en especial porque salió a colación el nombre del buen Jaime Sabines, el poeta cuya obra libró por muchos de nosotros una y mil batallas.

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Mi buen Sabines. «Te saludo.  Brindo por ti/que te levantas de tu ruina./El aire de la noche te adelgaza, la canción te espera./Abre sus calles esta ciudad/como los brazos de una amante nueva./Estás aquí y es tuya.  Poséela«.  Sí, poséerla tanto como en aquel día del cumpleaños de Don Vicente, el director de la revista, en el que estuvimos departiendo con él.

La música evocadora y el cognac sólo pudieron mantener abiertas las puertas del acuariano y diurno restaurante, en el que habíamos comido, hasta las diez de la noche. Las ofertas de propina no ablandaron a los cansados meseros ni al encargado, ¿recuerdas? Don Vicente, entonces ya picado, nos invitó a ver el show de la nereida que aparecería próximamente entre las páginas de papel couché.

Llegamos y el reconocido editor obtuvo la mejor mesa del desplumadero aquel de la Zona Rosa. Las luces rutilantes nos dieron la bienvenida, pero igualmente los vestuarios breves, las plumas, las lentejuelas, el baile, las canciones, el rumor de emociones incandescentes y el deseable cuerpo de Yesica o Jenny o Janett. Y ella desde el micrófono, tras su actuación, mandando saludos y besos amplificados al Señor Director de la Revista.

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Luego vinieron los aplausos que acompañaron en su camino a Yesica o Jenny o Janett, quien con un escote hasta debajo del ombligo y un vestido de noche abierto, que dejaba ver sus piernas hasta la cintura, se acercaba a nuestra mesa. Más besos al “Dire”. Las presentaciones. Hola, hola.  Siéntate aquí con los genios que hacen la revista.  Salud y más salud.

Y yo junto a ella, quedo, le digo al oído:  «Vamos a guardar este día, entre las horas, para siempre...»  Y Yesica, Jenny o Janett, regocijada, diciendo: “¡Ay, un poeta!” Y yo le digo que no, que el poeta es el gordito que está a mi lado, que por hoy se va a llamar «Jaime Sabines» y quien, ni tardo ni perezoso, brinda con ella y le besa la mano.

Más cognac y más brindis y todos a ver las fotos que ya le había tomado “El Flaco” un día anterior:  ella bañándose en burbujas dentro de una gran copa, con templada agüita azul, jaboncito aquí y allá, juguetón, mojadita como la lengua.

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Y ella feliz, ríe, se mueve, se agita, coquetea. Más besos al Dire y el poeta a ella. Y recuerdo que éste se compró en la mañana, con el poco dinero que traía, una vez más el Nuevo recuento de poemas, y juró que no lo volvería a perder ni a regalar. Este ejemplar era suyo para siempre jamás.

Entonces, ya con Yesica, Jenny o Janett ahí juntito, excitante y olorosa, le digo: Oye, regálale tu libro. “¿Cuál?”  Pues el Nuevo recuento, y él me lanza una mirada salvaje y una mentada entre dientes y con todo cuidado busca entre sus cosas el libro para dárselo a la ansiosa stripper. Se lo dedica con espiralezcas líneas, enjundioso. Y ella:  ¡Ay qué bonito, ay qué rojo, ay qué lindo!, y le da un beso y quiere brindar con todos.

Enseguida, le pide al poeta que le escriba uno ahí mismo. No traigo papel. No, no quiero en papel, lo quiero aquí, y se abre la falda y muestra su rebosante muslo y una de sus exquisitas nalgas.

El poeta escribe con su pluma de punta fina en la tibia piel:  «Quiero esa tensa humedad que te palpita, esa humedad de agua que te arde.  Mujer, músculo suave. La piel de un beso entre tus senos de oscurecido oleaje me navega en la boca..

El segundo show llega inminente. Besa a todos y aprieta su libro. Sube al escenario y nos agradece todo con el público de testigo. Vemos su actuación ahora en un baño de luz multicolor. Cuando termina, el Dire va a buscarla en medio del podio que se ha convertido en pista de baile.

Mientras tanto, el poeta me reclama su libro recién adquirido. Quiero mi Nuevo recuento, quiero mi Nuevo recuento… Cálmate, le digo, todo fue por una buena causa, recuerda que «Los amorosos callan/…Los amorosos buscan,/los amorosos son los que abandonan,/son los que cambian,/los que olvidan…/Los amorosos juegan a coger el agua,/a tatuar el humo…”, como él, como mi buen Sabines.

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Ahora estoy aquí, caminando solo rumbo al Pandora’s Club. Sin fotógrafo, sin director y sin poeta. Conocía el lugar porque había pasado por él cuando fui a la exposicion de la Photopress en la Oude Kerk. O sea que estaba en De Wallen (el Barrio Rojo), la zona de la ciudad en que se congregan aquellos tugurios.

Son pasadas las diez de la noche. Una entrada discreta, con una puerta semejante a la de todas las casas alrededor de este canal, algo común en la arquitectura holandesa que siempre ha tratado de mantener homogénea la apariencia de cada zona con rígidas leyes al respecto, lo cual le ha dado a su cultura urbana un alto grado de clasisismo, acorde con el principio urbanístico en el que cada barrio ha sido fundado.

Un timbre propicia que tal puerta se abra. Tras ella una belleza rubia te recibe. Toma tu abrigo o lo que quieras dejar en el guardarropa y te da una ficha con un número y el logo del local impreso en ella. Un tipo gigantesco y fuerte te conduce al interior y te muestra con el brazo extendido el interior para que escojas dónde sentarte.

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A pesar de ser entre semana el lugar está lleno. Hay una luz ámbar, agradable. Llega una mesera, vestida elegantemente con un traje de noche. Toma la orden y se retira.

Es un sitio con pretensiones retro-vanguardistas. Me explico. Su decorado está basado en el op-art más puro. Ése que se empeña en el uso de luces geométrico, caleidoscópico, con el objeto preciso de resaltar las figuras femeninas. Es tan sofisticado que consigue hacer ver lo que sólo se sugiere. En otros sitios semejantes donde he estado las mujeres enseñan todo, sin sutilezas ni estilo, en un tono casi pornográfico.

Lamentable, porque el acto de desnudarse debe ser un arte, en cualquier situación, lo mismo íntima que pública. Eso es lo que distingue a este club de los otros de la ciudad, aunque admito que no los conozco todos.

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Por su publicidad esta maison se enorgullece de su refinamiento y elegancia, al cual su creador ha dotado de un carácter completamente vintage –esa manifestación de la cultura hipermoderna, producto de la pérdida de fe en el progreso y el desencanto por las formas de la innovación contemporánea.

En el escenario hay colores rojos y dorados como en los cuadros de Klimt y espejos, muchos espejos pequeños que producen una iluminación que desvía la mirada del escenario. Es un buen truco escenográfico, porque cuando el telón se levanta todo combina y entonces aparece en letras neón el nombre de la primera stripper.

Ella se llama Erin Grant y hace su baile. Y a ésta le sigue Rita Cadillac algunos minutos después del fundido en el escenario y un puente de música en off y diapositivas con imágenes ad-hoc de fotógrafos como Richard Avedon, Helmut Newton o David Lachapelle. La noche continúa con Diva Terminus, Lova Moor, Miss Fortune y Ruby Scarlett.

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¡Ah, Ruby! Sus cabellos son una llama roja sobre una espalda de tigresa de andares indomables. Se mueve con un ritmo sensual, los ojos cerrados y la expresión soñadora. No baila para llamar la atención de nadie. Lo hace para sí, luciendo ropa excitante delante del espejo.

Baila ensimismada, espontánea, poniéndose a soñar mecida por la música. Baila convocando el olvido de todo, en una ceremonia íntima y caprichosa. Con un sentimiento de afirmación en el ondular de sus caderas; consciente de un atractivo que sólo a la música le permite una caricia.

Para finalizar camina de frente, con sus zapatos de tiras plateadas y plataforma imposible y las uñas rojas de las manos protegiendo los senos ostentosos. Dirige su atención a un punto de la oscuridad antes de darse la vuelta y lanzar una mirada de Rita Hayworth por encima del hombro. Final de la pieza y el fade out justo para dejarte pasmado.

Dancer at the Window

La strippers son bellezas para gustos diversos que serán recordadas, además de por sus atributos físicos, por su imaginación, su talento para despojarse de la ropa y su exposición artística (con todos los guiños a los tópicos clásicos, que van del pin up al bondage y al nice kitsch).

Por el podio aparecen sillas dalinianas, grandes copas de martini estilizadas  (con sus aceitunas inmemoriales), camas redondas, boudoir con espejos y cortinas vaporosas, camerinos llenos de luces, una oficina de Wall Street…Espacios para que el espectador disfrute a sus anchas de una fantasía inolvidable que es como un paréntesis refrescante en la parrafada de la realidad.

Y omnipresente siempre el evocador nombre de Ditta Von Teese, un hito para el nuevo estilo de las actuaciones sicalípticas: sensaciones, sugerencias, erotismo de alto nivel, con clase y sin mácula de rispideces o evidencias (nada de la vulgaridad del tubo o el acompañamiento con heavy metal ochentero o rap). Todo es luz, color, cuerpo e imaginación.

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Los de estas artistas son personajes cuyos cuerpos construyen su propio discurso cada noche. Sin las exigencias de retórica ajena. Por eso ellas mismas escogen su música –según me explicara el administrador del club en una entrevista posterior.

Al final de todo este espectáculo asumo que donde reside lo importante no está en los cuerpos desnudos de las chicas, sino en sus coreografías, en la iluminación, en la seducción y, sobre todo, en la música, que es el invisible y solícito partner de cada una mientras se desnuda.

En el acontecer stripper de este club se relatan hechos con el cuerpo. Y de ellos se percibe que lo esencial no está en dicho núcleo (la desnudez) sino en sus contornos, en su poética. Para el espectador de tales visiones la desnudez femenina es inaprensible, “como esas aureolas de neblina a través de las que a veces se ve el hermoso brillo de la luna”, tal como escribiera Joseph Conrad en una de sus célebres descripciones. De ahí la filosofía última del strip tease bien realizado: la de quitarse la ropa por amor al arte.

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