807. El rock como extensión del mundo (Vía Satélite) (Libros Canónicos 56)

Por Sergio Monsalvo C.

 

La cultura rockera se relacionó con el espacio cósmico mediante la tecnología a partir de la década de los sesenta, y lo hizo a través de un subgénero, el rock instrumental, que luego se convertiría en una gran corriente, el space rock, para a la postre derivar en lo progresivo.

Al llegar el año de 1960, el jump blues, su antecedente con solos poderosos, había desaparecido de la escena musical. Sin embargo, su esencia fue retomada por los guitarristas blancos de ambos lados del Atlántico, con el grupo de los Tornados, del lado del Reino Unido. Su presencia se hizo patente gracias al creciente e innovador virtuosismo de sus intérpretes, quienes habían canalizado sus ímpetus hacia la experimentación y el descubrimiento de las posibilidades técnicas del instrumento.

The Tornados fue un grupo musical británico formado en 1961 por el productor Joe Meek. Esta formación consiguió un único éxito notable: la pieza “Telstar” (nombre tomado de un satélite lanzado recientemente), que se convirtió en un éxito mundial en 1962. Fue uno de los primeros temas del género mezclado con la electrónica. De esta manera el rock se relacionó con el espacio.

Uno de los puntos álgidos en este sentido se dio en 1967, con la interrelación del rock con varias disciplinas y hechos culturales e históricos. Y en donde se mostró con claridad en qué momento se encontraba el mundo y algunas de sus latitudes.

Las protestas contra la guerra, el racismo y a favor de los derechos civiles se hicieron mayores en la Unión Americana. Frente a tal panorama surgió Jimi Hendrix con su guitarra de militancia amorosa, electrizante e insuperable. “En la vida de las personas hay una cosa especial que sólo puede tenerse en una época espacial. Es como una pequeña llama. Las personas intuitivas y con visión la preservan con todo cuidado, la hacen crecer y la llevan como una antorcha que ilumine sus vidas”, dijo en aquel momento.

Ese año Alvin Lee y sus Ten Years After pusieron en órbita el blues-rock cósmico con su álbum homónimo, mientras Arthur Lee y Love hablaban de intimidad danzando al borde del precipicio con el magistral Forever Changes. Cambios, cambios y más cambios…

“Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Este es uno de esos pueblos…” Así describe Juan Rulfo a Comala en una de las tantas formas que se dan en Pedro Páramo. Pasaje que he decidido utilizar como analogía de la desilusión que significó México para mí en 1967.

El 25 de junio de ese año, a través de uno de los primeros satélites lanzados al espacio, el “Early Bird” (“Pájaro Madrugador”, su nombre técnico era Intelsat I y fue lanzado desde el Cabo Cañaveral el 6 de abril de 1965), fue el primer satélite en proporcionar contacto directo y casi instantáneo entre Europa y América del Norte, manejando transmisiones de televisión, telefonía y telefacsímil.

Un par de años después el mundo se comunicó por primera vez entre sí a través de él por el lapso de dos horas en un programa que se llamó Our World (Nuestro Mundo). El evento, que fue transmitido el domingo 25 de junio de 1967 en muchos países, tuvo una audiencia estimada de 700 millones de personas aproximadamente, la mayor audiencia televisiva hasta esa fecha. Tal emisión supuso un hito tecnológico en la historia humana.

Los países invitados a participar escogieron a voluntad su mensaje cultural para enviarlo a las pantallas de esos millones de televidentes del resto del planeta que pudieran captarlas.

Canadá, por ejemplo, abrió el evento con una entrevista a Marshall McLuhan, el filósofo analista de la comunicación contemporánea. Él fue un visionario que escribió Understanding Media: The Extensions of Man (Los Medios como Extensiones del Hombre) en 1964 y cuyos razonamientos vertidos ahí siguen siendo muy actuales (sin este pensador se perdería una referencia esencial en materia de educación y medios de comunicación).

El autor canadiense quería entender cómo funcionan estos medios y qué significaban para nuestras relaciones sociales y nuestro acontecer personal. La premisa más importante de su marco conceptual era que los medios deben verse como «extensiones de los humanos». Son una prolongación de nuestras propias capacidades, de nuestro propio cuerpo. A través de estas extensiones llegan estímulos y observaciones sensoriales que no nos llegarían sin los medios.

Y cada extensión del cuerpo tiene un impacto directo en todo él, influyen en cada composición psicológica y social. Ello está relacionado con la conocida conclusión del filósofo de que «el medio es el mensaje». Las consecuencias personales y sociales de los medios –como una extensión de nosotros mismos– deben entenderse como la introducción de una nueva escala de valores.

Esto hace posible llevarnos a una visión interesante y significativa, pero a veces también desconcertante de nuestra vida diaria que los conceptos de McLuhan todavía hacen evidente, como hace 60 años.

En ese mismo sentido apareció, por parte de los Estados Unidos, Dick McCutcheon, de la National Educational Television (NET) que habló del impacto de la tecnología televisiva a escala global; Australia, por su parte, atisbó a científicos del observatorio Parkes que rastreaban en ese momento un objeto lejano y desconocido en el espacio.

Inglaterra, a su vez, escogió la grabación en vivo desde el estudio Uno de Abbey Road de la pieza “All You Need Is Love” de los Beatles para manifestarse al mundo. Un tema que compusieron e interpretaron los de Liverpool para ese primer programa de audiencia global vía satélite. Un emotivo himno de amor generacional (escrito por John Lennon), que apuntó así el activismo pacifista y universal de su música. Esa Inglaterra, representante del “Viejo Continente”, no expuso nada de su pasado milenario o tradicional, no. Optó por su presente de futuro luminoso y un mensaje humanista.

Los Beatles proyectaron así su imagen en una celebración mundial, filmada por la BBC de Londres, dentro de un ambiente festivo, alegre, en aquel enorme estudio, donde abundaban los globos, las serpentinas multicolores y pancartas diciendo: «Love is all you need», en inglés, francés, alemán y español. Los miembros de la orquesta vestían de etiqueta y un grupo de luminarias del rock –incluyendo a Eric Clapton, Mick Jagger, Keith Richards, Keith Moon y Graham Nash– sentados en el suelo, aplaudiendo y cantando. Al término de la canción ésta quedó como un mantra mundial, repitiéndose una y otra vez…

México, en su turno, presentó la plancha del Zócalo y sobre ella una danza prehispánica y algún jarabe sonoro, además, aparecieron cantantes vernáculos interpretando las piezas «Allá en el Rancho Grande» y «Como México no hay dos» sobre sus caballos. Las distancias quedaron marcadas de manera fatal y contundente. Los vientos del cambio allá; el aire viejo y entumido aquí, como escribiera Rulfo. Un estigma que llegaba para quedarse.

El espectáculo de “lo nuestro” sin cesar en un show continuo en el tiempo, que se excluye de todo presente, como ejemplo de una cultura de masas, dirigida y vertical, con sus particulares lenguajes y símbolos. Herramientas que generan un eficaz sistema de dominación y muestran exclusivamente y sin interrupción eso de lo que se enorgullecía el entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz tras la trasmisión.

Con ese atisbo de nacionalismo patrio y nostálgico del que pasa mucho tiempo a solas, ensimismado, el país mostró algo de morboso en esta obstinación por rememorar pasados remotos, por ver lo que desapareció o lo que en realidad nunca fue, y sin el menor esfuerzo por entender lo que hay delante de los ojos.

“El nacionalismo es una enfermedad infantil, el sarampión de nuestra sociedad”, dijo Albert Einstein hace muchos años.

Y lo supe: que el mío era uno de esos pueblos y jamás cambiaría: nacionalista, nostálgico y obsesivo chauvinista. Pero también algo me quedó muy claro después de dicha experiencia: que a una idea que inspira a otras ideas se le llama desarrollo y que a una idea que bloquea a otras ideas se le llama folclor.

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