783. Babel XXI (XV Aniversario)
A la música del primer cuarto del siglo XXI se le conoce hoy como de la sonoridad hipermoderna. En ella está ensamblado el paisaje sonoro de la fragmentación con el que se construye nuestra realidad global en la actualidad en diálogo permanente con el pasado.
Se le define como la exposición simultánea a la multiplicidad de cosas en concordancia con la aceleración (avant-garde) y la retrospectiva (evocación) del tiempo, sobre el espacio, en plena época digital.
Por otro lado, con el hipermodernismo nunca se sabe qué sorpresas deparará el pasado inmediato al insertarse en el presente, porque el siglo XX fue extraordinario al ofrecer su variedad de imágenes y la multiplicidad de experiencias que humanistas, científicos y artistas pusieron en la palestra y que hacia su final la tecnología (la democratización cibernética) puso a disposición literalmente de todos.
Surgió entonces con el nuevo siglo una heterogeneidad “natural” como destino del arte. Las mezclas contribuyeron sobremanera con la música porque aportaron la posibilidad de pasar de una escena a la otra, de una época a la otra, dejando al escucha la posibilidad de reconstruir el tejido original, tanto con las raíces como con las fusiones.
Y, a continuación, su distribución global multimedia, su manifestación artística hacia oídos y ojos que se han acostumbrado a ver, oír y consumir música de otras maneras: del MP3 al MP7, mediante el Ipod, Cable, Podcast, YouTube, TikTok, Streaming, plataformas sonoras (como Spotify), telefonía plurifuncional, digital, satelital o de cualquier índole u onda cibernética.
Todo ello es la confirmación de que los hábitos para adquirir los conocimientos y la escucha de la música han cambiado. Las últimas décadas han sido un tiempo de prueba para ponderar la fuerte naturaleza proteica de la Web y de sus inquilinos. Las diferencias entre aquellos que escuchan y los que sólo oyen; entre los van espantando los miedos al intercambio cosmopolita y liderando con ello la evolución audícola, y los que únicamente oyen el trend topic (sin contexto, sin contenido, sin fijaciones de valor).
El público está ahí. Son esas personas conectadas al mundo de hoy. BABEL XXI –que cumple 15 años de emitirse—ha hablado del gran concierto de la música contemporánea, de la que se hace cotidianamente en el planeta a cargo de músicos veteranos tanto como de jóvenes en cualquier ámbito y rincón mundano.
Eso sí, todos ellos son artistas de primera fila que exploran el continente ignorado de la música que se hace en la actualidad: la más cercana en el tiempo a nosotros, y sin embargo, la menos escuchada, porque muchos aficionados al repertorio del mainstream le huyen, y porque tampoco tiene lugar en el papanatismo de lo cool, en la vacua beatería de la tendencia y de lo trendy, en la ignorancia de los programadores, en la dictadura de las grandes compañías o de los ejecutivos amaestrados por el raiting.
BABEL XXI —con sus análisis y la música hipermoderna como soundtrack— es la manifestación artística para la gente curiosa que aspira a descubrir algo, a formarse el gusto no sólo con lo contemporáneo y sino también con lo histórico ignorado o inesperado.
La omnipresente exposición a la música que experimentamos cotidianamente, a través de cualquiera de sus soportes, obnubila el acceso a todos los cotos de la disciplina musical, para encausar al mainstream como único campo de visita, una corriente para la cual no existe más que lo actual, pero sin referentes ni raíces, como si de una generación espontánea se tratara. Por fortuna, las ciencias exactas y las sociales están para impedirlo.
La historia con sus señalamientos de facto, por ejemplo, permite volver atrás para examinar los sucesos una y otra vez desde la perspectiva de los investigadores y estudiosos contemporáneos que reaniman las búsquedas y las aclaraciones pues, como decía Marcel Proust: “el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en obtener nuevos ojos”, es decir otra visión, otro ángulo y otros argumentos.
En el terreno del rock and roll, que aparentemente todos conocemos, esto siempre es necesario. Porque para disfrutar plenamente de él y quedar con la atención satisfecha hay que estar y sentirse extasiado ante la mera y espectacular historia de su aparición y posterior presencia en el mundo. Ésta es la forma más fundamental de manifestarse como su auténtico amante: uno que sepa y sienta su inconmensurable significado e importancia para la cultura en general en su presente y en su futuro. Por eso hay que ver por el retrovisor, constantemente, y festejar a cada uno de sus personajes y cada uno de sus años de aparición en el planeta.
En la música, como en las ciencias (naturales y sociales), nada surge por generación espontánea. Todo tiene un antecedente —o diversos— en la composición de un nuevo género. Los hechos precisos, a pesar de todos los intereses implicados, siguen ahí en una línea clara de identificación, para que todos los descubran, reafirmen, relacionen y reflexionen sobre ellos.
Mientras tanto el rock con su amplia, expansiva y omnipresente cultura aún les causa escozor a los conservadores ideológicos de toda ralea. Comenzó hace siete décadas y media con el rock & roll pionero, el cual fincó los pilares y hoy hay que sanear dicha verdad y el ambiente que la rodea desde la composición hasta las listas de éxitos, a fin de investigar en sus fundamentos para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.
La revaluación de la importancia que tiene el r&r es quizá el compromiso cultural con mayor sentido en estos momentos, cuando todo impulso parece relegado a las máquinas, al criterio de los DJ’s, a los intérpretes sin bagaje, a las coreográficas boy bands del pop y al flagelo de lo transitorio, de lo difundido popularmente con el más bajo común denominador de calidad.
Los nuevos grupos echan mano del sonido primigenio, pero también del rhythm and blues y el blues eléctrico de Chicago y rinden tributo a los emblemas del rock and roll clásico, a la escuela del blues-rock británico, al pub-rock, al punk y al indi. Escuchar a estas agrupaciones, y a sus intérpretes originales, es oír el latido vital de la libertad y la excitación de un género que desde hace décadas es un disparador contra la uniformidad cotidiana.
Con ellos se dilucida cómo ha sido su paseo por la genealogía del género para llegar a lo que hoy viven: la experiencia sonora del origen, extendida horizontalmente en una concatenación hipermoderna. Una experiencia que, repetida a lo largo de las épocas por otras agrupaciones, es paradójicamente única (una vez más).
Tales bandas (como Lemon Twigs, Bab L´Bluz, Maurice Louca, Arka´n Asdrafokor o Baba Zula, entre cientos de otras) son hoy, en este momento, la verdadera extensión entre lo ya hecho y la construcción de un nuevo carácter interpretativo. Son actores como estos los que hacen que la función del r&r, a pesar de ser la misma, al final sea tan diferente. Sería una falta grande perderse este universo cultural vivo desarrollándose genuinamente, y en diálogo permanente, entre su historia y el presente.
El programa BABEL XXI lo ha dado a conocer desde el año 2011 y se ha convertido en la alternativa radiofónica.



