776. La montaña mágica (Entre Mann y Cézanne) (Libros Canónicos 54)

Por Sergio Monsalvo C.

¿Qué es la vida?”, se preguntó el rockero concienciado. Y para responderse lo pensó y pensó antes de llegar a un atisbo de contestación. Para ello, se volvió hacia la naturaleza, lo inteligiblemente elemental. “Ok, ya estoy en la naturaleza, en el origen, y ¿ahora? ¿Qué parte de ella me puede clarificar la cuestión?”.

“El mar, no –se dijo–, es excesivamente inquieto. El cielo. No. Muy deificado, demasiados intereses. La vegetación, tampoco, muy dispersa. Entonces ¿qué? Se taladraba la mente mientras volteaba hacia el horizonte y… ¡eureka! Ahí estaba lo requerido: La Montaña. “¿Y cómo debo abordarla para que me ayude en mi discernimiento existencial?”. Luego de reflexionar al respecto, encontró que había dos maneras de hacerlo: una como imagen y otra como símbolo.

Primero, ¿Como imagen, de qué? Miró su forma y trató de inteligir lo que emanaba. Para ello echó mano de su bagaje culterano. Recordó las fotografías de montañas que había visto de Jean-François Hagenmuller, de David Clapp y de Mark Fischer, pero no le ofrecían lo que buscaba. Recurrió a la cinematografía: con The Gold Rush, L’Ascension y 127 hours, y le pasó lo mismo, no era aquello. Optó por la pintura, y entonces apareció Cézanne.

Cézanne y su montaña mágica. En ella el pintor encontró su asidero. De ella emanaba lo necesario: el silencio. El francés consideraba que la tarea del artista plástico era hacer silencio para entender la vida. Entonces, la montaña Sainte-Victorie de sus orígenes se le apareció como un imponente macizo de silencio al que debía obedecer.

Percibió lo mucho que le trasmitía La Montaña: la forma y el sentimiento, al unísono. Supo que lo sagrado (y las preguntas sobre ello) está ligado a su silencio, porque nos hace escuchar. El silencio agudiza la atención. Puede ser muy pacífico, incluso amistoso y profundamente consolador.

La verticalidad de su imagen es su fuerza, no claudica, la montaña se alza y profundiza, manda silencio. Cézanne cumplió el mandato retirándose por completo para no ser nadie (Cuando Cézanne fijó su residencia definitivamente en Provenza, a principios de los años 1880, se alejó de sus amigos los impresionistas, de París, de la incomprensión y mostró su preferencia por el sur, su tierra natal y su paisaje. El aislamiento y la concentración, así como la singularidad de su búsqueda, podrían señalarse como los responsables de la increíble evolución que obró su estilo).

Comprendió que el silencio nace de lo indispensable. No disponer de nada estabiliza y acentúa la atención, despierta la mirada contemplativa. Esta tiene presencia para la largueza y la lentitud en el tiempo. Si éstas se apresuran y buscan ser alcanzables, la atención profunda no encontrará su ocasión. La mirada no se detendrá, vagabundeará únicamente.

Una vez ahí, frente a ella, Cézanne se limitó a ser oyente. “Toda mi voluntad ha de ser de silencio. Debo hacer callar en mí todas las voces de los prejuicios, olvidar, olvidar, hacer el silencio, ser un eco perfecto. Entonces se inscribirá todo el paisaje en mi vida sensible, y lo sabré. La montaña me lo dirá”.

La montaña se lo dijo también al escritor Thomas Mann, al que recurrió el rockero para la aportación literaria a su cuestionamiento, a través de su simbolismo.

En su particular Montaña Mágica, concentrada en un voluminoso libro (un reto para todo buen bibliófilo que con su lectura mide sus fuerzas cognitivas), Mann utilizó un sanatorio suizo, ubicado en la localidad de Davos-Dorf, en los Alpes, para que un grupo de tuberculosos discutieran sobre la filosofía, la teología, el psicoanálisis, la medicina, la religión, el sexo y la muerte, mientras se debatían contra el bacilo de Koch.

En aquella novela de iniciación y aprendizaje juvenil, el escritor alemán, oriundo de Lübeck, zarandeó al lector con todas las pasiones políticas, sociales, morales y corporales que convulsionaron el primer cuarto del siglo XX, hace cien años. Y que actualmente, con su lectura marca un antes y un después para quien se acerca y la escala.

“¿Qué era, pues, la vida?” —se lee en la novela de Mann—. La vida era calor, una fiebre de la materia, un equilibrio de placer y de dolor, era una materia esponjosa hecha de agua, proteínas, sales y grasas, eso que llamamos carne que luego se convierte en forma, en elevada imagen de belleza sin que deje la sensualidad y el deseo. Materia orgánica en continua composición y descomposición, de nutrición y excreción, un soplo excretor de anhídrido carbónico y sustancias nocivas de procedencia y naturaleza oscuras”.

Del mismo modo que la imagen de la vida se revelaba a los ojos del joven Hans Castorp, el protagonista de la novela, que reposaba mirando el valle cristalino de la montaña suiza de Davos, envuelto en mantas y pieles, y trataba de sublimar la carnalidad de su cuerpo, igualmente trataba de liberarse de todas las excrecencias religiosas, de la moral, de cualquier clase de maldad e incluso del terror a la muerte.

¿Qué era la enfermedad sino un desorden de la naturaleza? Y también era naturaleza aquella montaña, cuya presencia altiva y vertical significaba una cura y un combate contra aquel mal (todos los males) de la época (como hoy los hay) y se erigía también como símbolo del tiempo y de su continuidad en la vida.

“Y tras todo ello ¿a qué conclusión llego?”, se cuestionó el rockero. Entonces echó mano de su catálogo genérico para ver cómo había sido tratado el tema por los músicos. Y brotaron los nombres de canciones a través de las épocas: “Thunder On The Mountain” (Bob Dylan), “There Is A Mountain” (Donovan), “Mountain Of Love” (Johnny Rivers), “River Deep-Mountain High” (Ike and Tina Turner), “Mysty Mountain Hop” (Led Zeppelin), Blue Ridge Mountain” (Fleet Foxes)… y en todas ella hubo (hay) algo: una imagen, una figura, un símbolo, una metáfora, una emoción o un sentimiento.

El rockero le agradeció a Cézanne, además de por sus manzanas, por esas imágenes fuertes y montañosas que hablan por sí solas. Y luego, a Thomas Mann, porque su novela pasó a formar parte de su vida como volumen canónico, como explicación y como formulación para nuevas preguntas que, para eso, finalmente, son los buenos libros.

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