Por SERGIO MONSALVO C.

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Es un hecho: existe el poder balsámico de los pequeños rituales. Tales actos (serios o risueños), incrustados en el espacio cotidiano personal, son los que se buscan en momentos determinados como bisagras entre el acontecer diario exterior y nuestra intimidad, para extendernos una posibilidad de tranquilidad (necesaria) frente a los aconteceres en el ámbito cercano o en el mundo distante (según las sensibilidades).

El afuera tiene sus sorpresas, misterios y riquezas, pero igualmente sus urgencias, desencuentros o displicencias, y a veces (o regularmente), nos arrolla sin miramientos. Por eso, y de alguna manera, esos rituales por nimios que sean, significan asirse a la filosofía en minúsculas que sintetiza (o reduce, según se considere) la tranquilidad al disfrute de una taza de café, a la caminata en una mañana tibia, a la lectura en el periódico de la crónica del partido que ganó tu equipo favorito (o en la que perdió su archirival).

En esos rituales, como en cualquier otro (a discreción de su creador), se puede dar la posibilidad de encontrar ese relajamiento apetecible o una breve pausa interior. Es una serenidad sin pretensiones grandes, es verdad, pero es un sosiego a fin de cuentas.

La época decembrina se considera nominalmente como un tiempo de paz, pero de facto se ve y se siente como lo contrario, por lo general: hay más celeridad que lo acostumbrado en esos días enfebrecidos por los festejos, los regalos y el consumo, los abusos, la exageración, los convites (de asistencia voluntaria u obligada) y la no menos extraña y curiosa excitación (aunque no haya razón alguna) por lo que termina. O sea, el fin de un año y el siguiente comienzo, con el imperativo agregado de los propósitos a (in)cumplir.

Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho, siento, como en la infancia una especial predilección por esta época, y dentro de ella por la esperada incorporación de alguna nueva muestra de su sonoridad, encarnada en un especial álbum navideño, fresco, recuperado o recién descubierto.  Eso sí, para su incorporación en mi soundtrack, debe cumplir con determinados requisitos: su calidad, su compromiso de hacer versiones y no copias de los temas, su propuesta estilística y la alta posibilidad de convertirse en un clásico.

Para el encuentro del momento deseado es imprescindible la búsqueda de la excelencia. No se debe escuchar cualquier cosa en este tiempo, optar por la moda del más bajo común denominador o el facilismo del acceso a un disco oportunista y vano, eso sería una posibilidad desperdiciada, nada enriquecedora y superficial.

Por lo mismo, cada Navidad trae consigo una historia musical y su moraleja. Cada uno puede forjarla a su gusto y legitimarla en su memoria. Para mí, la de este año tiene un sonido tan gracioso como jovial e indica, como remate, que si no crees en Santa Claus, él tampoco creerá en ti.

Así que no importa quién seas, o qué hagas o quién pretendas ser. Lo que interesa es permitir que los renos se estacionen en tu tejado y dejarte engañar. Santa Claus existe y hora tengo pruebas fehacientes, pero me las guardo como un regalo personal y secreto.

Para festejar dicha certeza, a dicha candidez le engancho el One Horse Open Sleigh (ese fantástico coche tirado por un solo caballo) en el que se pasea uno por la nieve y que simboliza el buen trote de los pequeños rituales íntimos, esos escogidos paréntesis que se abren entre el quehacer cotidiano y el festejo que lo altera.

Sí, lo altera para encontrar en él ese Marshmellow World (mundo de malvavisco) que satisfaga nuestro interior, en esta época, por pequeño y escurridizo que sea.

En una realidad plagada de prisas, posverdades e indiferencia, y que regularmente nos pasa por encima, hay que agarrarse de alguna manera a la posibilidad de disfrutar de ese paréntesis donde se encuentra tal dádiva. Quizá se consiga cierto gozoso relajamiento.

Uno sin grandes pretensiones, pero gozoso al fin y al cabo. Yo me lo brindo escuchando un buen disco navideño que me sirva de fondo para estos días. En esta ocasión le tocó a Christmas Party, de She & Him. Lo adquirí en L.P., vinil, por pura voluntad retro, aunque se pueda conseguir en otros formatos.

El sabor dulce de los temas navideños que presenta en este disco tal binomio es el que da forma explícita a la ambivalencia del sentimiento decembrino (a tal punto que está presente en todas las piezas que versionan), y lo exponen, por supuesto, con la solvencia y agudeza que caracterizan al dúo integrado por Zooey Deschanel y Matthew M. Ward, que en este año cumplen más de una década de haber formado She & Him.

No cualquiera se atreve a realizar un cóver de “All I Want for Christmas Is You”, por ejemplo, que tiene una voz de antaño u hogaño que la ha instalado como la versión clásica (Mariah Carey). Sin embargo, lo hacen y lo hacen con alborozado talente y derrochando humor festivo.

Desde sus primeros trabajos el dueto se ha especializado en la recreación de sonidos añejos —folk, pop, bluegrass, doo-wop, country o jazz— con una perspectiva urbana y cosmopolita, a la que se ha etiquetado como “folkopolitan”. Imitada por muchos otros músicos.

La Navidad los ha motivado a realizar un par de obras a las que no tengo empacho en decir que están en el mejor Top Ten de una música que se ha consolidado como un género en sí misma: A Very She & Him Christmas y Christmas Party, que hoy ocupa por completo mi mencionado paréntesis, enriquecido por el magnetismo y carisma de ella, una vocalista de estilo cándido y vintage, muy bien templado. Y él, por su imaginativa orquestación y gran técnica en el punteo guitarrístico.

Christmas Party, busca alejarse de sonoridades ligadas a criterios especializados de época. La lectura de She & Him de los temas clásicos derrocha espontaneidad y alegría, y tiene una inevitable chispa romántica. Los lazos de conexión con los valores musicales que se palpan hoy en día en el indie asisten a la realización de este repertorio, que se asienta magníficamente en el tamaño reducido de su dotación y propuesta.

“Let It Snow”, “Must Be Santa”, “Happy Holiday, “Run Run Rudolph” o “Winter Wonderland”, entre la docena de piezas que lo componen, hacen de este disco lo que se espera musicalmente de él: radiante regocijo. Su Navidad tiene personalidad y, aun a contracorriente de lo que se suele hacer en estos tiempos, transmite sensibilidad y viveza. Un pequeño gran paréntesis.

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