Saori Yuki

Ilustrar la mirada

Por SERGIO MONSALVO C.

Escucha y/o descarga el Podcast: 

 

En una de las raras entrevistas que concedió durante su vida Miles Davis, el genio, el artista y un megalómano que rebasaba lo descriptible, se explayó sobre sus relaciones con el sexo femenino y en la respuesta también definió de paso la conducta de ellas al respecto. Se mostró agudo, receptivo y tajante. “Como músicos un gran número de ellas mariposea a nuestro alrededor. Esto nos da la oportunidad de conocer a muchas y probar de todas las mieles.

“Por ello puedo decir que las mujeres más exquisitas del mundo son las japonesas. Y me refiero a que son una combinación de belleza, feminidad, inteligencia, forma de comportarse, prestancia corporal y respeto por el hombre. Nos respetan y jamás pretenden actuar como nosotros. No tratan de competir en nada porque están completamente seguras de sí mismas.

“Las japonesas saben insinuarse por el rabillo de los ojos, lo cual es una agradable manera de flirtear sin necesidad de abrir la boca, sin decir nada. Hacen con los ojos lo que las otras intentan con el cuerpo”. Miles sabía de lo que hablaba.

Pude comprobarlo cuando conocí a Kumiko. Ella era toda levedad y sutileza, delicada y segura, una persona con la que daba gusto estar. Siempre tenía algo interesante qué hacer o comentar, además de ir a la universidad libre de Rotterdam, donde estudiaba Diseño, estaba interesada en muchas ramas del arte. Y visitar exposiciones era parte de tales intereses. Cuando venía a la ciudad regularmente yo la acompañaba y siempre resultó una aventura conocerla y descubrir cosas a su lado.

Como cuando me llevó a la muestra de Torii Kotondo que presentaba el Nihon no hanga, un museo privado ubicado en una casa antigua de la Kaizersgracht amsterdamesa. Era un viernes de noviembre y había concertado una cita con la directora de tal centro. La residencia conserva por fuera la arquitectura clásica holandesa del siglo XVIII, pero por dentro es un rincón diseñado para emular una vivienda de la tierra del sol naciente, con  un fascinante jardín y sus fantásticas y minimalistas habitaciones, una auténtica “House of Bamboo”, que habla del amor, apego y conocimiento de su poseedora por esa cultura del Lejano Oriente.

En cuanto al artista, Torri Kotondo (cuyo verdadero nombre era Sait? Akira), fue el octavo jefe de la escuela que lleva su apelativo. Una institución japonesa que prepara a los artistas del Ukiyo-e, un arte del estampado cuya especialidad es la creación de grabados y producción de retratos y carteles de los actores del teatro kabuki desde el periodo Edo, una tradición centenaria. Los suyos datan de 1927 a 1933.

Durante ese lapso de tiempo creó una obra personal que revolucionó tal arte al incluir el guiño sensual de las actrices en sus cuadros. El estilo torii, del que tomó el nombre, había sido uno de los más influyentes desde el siglo XVIII, al retratar escenas y paisajes de la vida cotidiana de las ciudades, lo cual incluía a las zonas de entretenimiento y sus mundos particulares.

Tal acto resultó tan provocativo que las autoridades prohibieron la difusión y destruyeron gran parte de sus pinturas. Las que se salvaron gozan desde entonces de un gran aprecio entre los conocedores del mundo entero y han sido inspiración para los nuevos creadores que a pesar de las censuras, se han seguido explayando en temas eróticos y de los bajos fondos.

Ahora esos cuadros los teníamos ante nuestros ojos y Mevrow Wessels nos hablaba de ellos y su historia y la de cómo los había ido coleccionando a lo largo del tiempo. En un momento dado tuvo que ir a contestar unas llamadas telefónicas y nos dio paso libre a todas las habitaciones de la casona. Nos detuvimos en cada pintura y en cada objeto del inmueble.

Kumiko se detenía ante alguno de ellos y con una sola palabra definía la emoción que ello le proporcionaba, mientras veía el cuadro y a mí por el rabillo del ojo. A mi vez le dije que en lugar de tener como soundtrack a Joji Hirota a mí se me antojaba más escuchar a Saori Yuki.

Kumiko volteó a verme y preguntó admirada cómo es que conocía a tal cantante japonesa. Antes de que yo entrara en detalles me tomó de la mano e hizo que nos dirigiéramos al jardín. Y ahí, escuchando el fluir del agua de la pequeña fuente, en el jardín más feng shui que había visto jamás le expliqué que hacía tiempo había escrito unos artículos sobre el desarrollo del rock japonés, y que para contextualizarlos me informé de antemano sobre la canción popular japonesa esas décadas del nacimiento del género por aquellas tierras. De esa forma la conocí.

“¿Y qué sabes de ella?”, preguntó, sometiéndome a un examen sorpresa. Me reí de buena gana y apelando a mi memoria le contesté que a grandes rasgos era una artista resultado de la posguerra (nació en 1948 en la localidad de Gunma), época en la que creció con inclinaciones musicales, por lo cual sus padres la inscribieron en una escuela donde pudiera desarrollarlos. Junto a su hermana formó un dueto como cantantes de canción tradicional. A la postre cada una siguió por sí sola una carrera.

En el segundo lustro de los años sesenta, bajo su nombre (Akiko Yasuda) produjo seis discos no muy originales con los que no pasó nada. Sin embargo, en 1969 cambió de nombre a Saori Yuki y de estilo musical y lanzó la canción “Yoake no Scat (Scat at dawn)”, que se convirtió en un enorme hit en Japón y en el inicio de una larga carrera profesional como cantante y actriz (tanto de la televisión como del cine), que se extiende  hasta la fecha, con una docena de películas y alrededor de 70 discos en su haber (entre los de estudio, en vivo, para niños, antologías y colaboraciones).

Saori Yuki fue de las relevantes intérpretes del género musical nipón conocido como Kay?kyoku, del cual se convirtió en una exponente exquisita dentro de la corriente enka del mismo. Dicho estilo significó la modernización de la canción popular por aquellos lares (cuya preponderancia llegó hasta la década de los años ochenta).

En él tuvo relevancia la influencia exterior tanto rítmica como melódica (con marcada herencia jazzística), Pasó de ser una música fundamentada en la escala pentatónica y de tetracordios distorsionados a formas occidentales. Y aunque se cantaba en japonés la entonación era distinta. La temática era amorosa, pero no había en él énfasis emocionales o denotados esfuerzos al interpretarlo. Era tranquilo, elegante, sofisticado y cosmopolita de consumo local. Producto neto del milagro económico posbélico.

Aunque fuera de la región Saori no era una cantante conocida, algún ejemplar de sus grabaciones llegó a manos del arreglista y pianista de formación clásica Thomas M. Lauderdale, director además de Pink Martini.

Agrupación que se caracteriza por presentar ritmos retro, sensuales y desprovistos de una instrumentación recargada, los cuales combina con ideas de la rama conocida como “exótica”, para convertirse en un híbrido sonoro muy placentero.

Así que el acercamiento con la cantante no se hizo esperar. Primero en el disco Hey Eugene! que incluyó uno de sus temas, luego en una antología navideña, Joy To The World, donde colaboró en un pasaje y, finalmente, en el álbum 1969, donde la orquesta le rindió tributo, festejó sus 40 años como intérprete y la acompañó haciendo versiones de sus canciones más representativas y cóvers de posterior cuño, arreglados ex profeso para ella también en otros idiomas (francés, portugués, inglés).

La verdadera función de sus hermosas piezas y líneas melódicas fue servir como recurso para mostrar las rítmicas, timbres, texturas y colores de Saori Yuki al mundo. El disco es un viaje al sonido en el sentido más lúdico del término, uno de los múltiples viajes propiciados por la música nacida del maridaje entre las épocas, razón de ser de la orquesta.

Al terminar mi resumen Kumiko sonrió y luego de una pausa silenciosa que incluyó un atisbo hacia la fuente y otra a mí, me dijo que era hora de irnos. Agradecimos sus atenciones a la directora, de la que ahora sé que donó un buen número de aquellas pinturas al Rijksmuseum para que ahí tuvieran su propia sala y exposición pública durante todo el año.

Salí de ahí satisfecho y hambriento y le propuse a Kumiko ir a un nuevo restaurante japonés en el barrio del Jordaan que incluía en su menú los bao buns, su platillo favorito, que son unos pequeños panes hechos a base harina de trigo con un toque de vinagre de arroz, sal y azúcar, que tienen una hendidura horizontal rellena de carne, vegetales y otras delicias. “¿Qué voy a hacer contigo?”, dijo mirándome de frente y con un gesto semejante al que había visto en aquellas estampas, mientras caminábamos a la orilla del canal.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.