Chuck Berry / II

Un rockero de 90 años

Por SERGIO MONSALVO C.

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Tras abandonar el reclusorio en 1963, Chuck Berry grabó una buena serie de canciones: «Nadine», «No Particular Place to Go», «It Wasn’t Me» y «No Money Down», con la Chess Records, pero a mediados de la década prefirió pasarse a la compañía Mercury a cambio de un adelanto de 50 mil dólares. La opinión general calificó a los cinco álbumes editados con ésta, entre ellos Golden Hits, St. Louis to Frisco y Live at the Fillmore (1967), como sus trabajos menos logrados.

Esto se debió quizá a cierta inseguridad ante un nuevo público, el sesentero, y al alejamiento de los escenario por dos años (demasiado en aquel tiempo) por ello regrabó sus éxitos al estilo de “Memphis», además de una pieza instrumental heavy de 18 minutos, que estaría contenida en el LP homónimo: «Concerto in B Goode», además de un disco en vivo realizado en San Francisco con la Steve Miller Band, en el que deleitó al auditorio del blues con versiones en tal género, de «C. C. Rider» a «It Hurts Me Too».

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Después de volver con la Chess Records, en 1970, grabó Back Home, álbum del que destacaron «Tulane» y «Have Mercy Judge», dos relatos acerca de detenciones por posesión de drogas, los cuales demostraron que conservaba su capacidad como letrista. Durante una estancia en Inglaterra para realizar el álbum London Sessions (1972) acompañado por una serie de superestrellas sesenteras de la guitarra, grabó el nuevo tema «My Ding-a-Ling», aunque la calidad del sonido en general del disco demeritó las sesiones.

Con aquel encuentro intergeneracional, al estilo de lo que habían hecho ya Muddy Waters y Howlin’Wolf, la Chess quiso ponerlo al día. No obstante, fue una grabación en vivo, posterior, la que le valió un sorpresivo hit trasatlántico. Ésta fue una versión discretamente arriesgada de «My Tambourine», grabada anteriormente por él para la Mercury, con el apoyo de algunos integrantes de The Average White Band. El éxito de la canción dio a conocer a Berry entre la generación adolescente de los años setenta.

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El resto de la década lo pasó presentándose en espectáculos de homenaje al rock de la época dorada (con bandas improvisadas de apoyo, entre ellas la E-Street Band) y realizando esporádicas grabaciones: Rockit (Atlantic, 1979). Jimmy Carter lo invitó a tocar en la Casa Blanca. Pero asimismo, se prolongaron las malas relaciones de Berry con las autoridades. Ese año fue sentenciado a 100 días de prisión por evasión fiscal y luego de salir apareció en la película American Hot Wax, basada en la carrera de Alan Freed.

Los años ochenta fueron muy discretos para él en su primera parte. Pequeños clubes, presentaciones-tributo y perfiles bajos. Hasta que en 1986 se inauguró el Salón de la Fama del Rock, en Cleveland, Ohio, donde se le incluyó entre sus primeros inquilinos. Al año siguiente fue el protagonista del documental de un concierto para celebrar sus 60 años de edad, Hail Hail Rock ‘n’ Roll, dirigido por Taylor Hackford (con Keith Richards como director musical y productor, el cual narró a la postre aquella tormentosa experiencia).

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También por esas fechas el músico publicó Chuck Berry: The Autobiography (subjetiva en exceso, nada confiable y más bien hagiográfica, por lo que se le considera poco referencial entre los estudiosos). En 1988 apareció la compilación Rock & Roll Rarities (con el sello Charly), con 32 títulos incluidos en un álbum doble, donde la tercera parte del mismo consiste en versiones inéditas de algunos de sus grandes éxitos (como dato anexo, hay que señalar que se trató de la décimo sexta grabación de las mismas piezas).

Al año siguiente se editaron dos paquetes antológicos (una práctica que no ha dejado de realizarse a lo largo de los años y un género en sí misma): el primero, The Chess Box (TIS), una caja de CDs que no sólo ofrecía la misma calidad de las cintas maestras sino una profusión de material informativo y una entrevista en la que Berry se manifestó en forma más concreta que de costumbre acerca de su trabajo. Esta caja compuesta de 71 canciones y casi tres horas y media de duración sin duda ofreció agradables sorpresas.

El segundo de dichos paquetes, The London Chuck Berry Sessions (TIS) con trabajos de principios de los años setenta, en donde la crema y nata del rock inglés participó en aquellas sesiones londinenses ya mencionadas, algo cuestionables en el sentido artístico pero importantes como documento. En aquellas fechas estas grabaciones salieron en vinil, con una calidad de producción bastante mediocre, puesto que no se usaron los masters originales para la impresión. Lo mismo sucedió con el disco compacto.

A fines de dicha década Berry abrió su propio restaurante en Wentzville, Missouri, The Southern Air. Mismo con el que de nueva cuenta se metería en problemas con la ley. Fue acusado de voyuerismo por un gran número de mujeres dado que había colocado cámaras de video en el interior de los baños del local (supuestamente para testificar posibles robos). Para salir del lío tuvo que desembolsar alrededor de millón y medio de dólares, cosa que le dolió más que la publicidad negativa que se generó por ello.

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La caja Missing Berries: Rarities (MCA-Chess) que apareció al comenzar los años noventa, forma parte de una serie de reediciones de Chuck Berry sacadas de las bóvedas de Chess que se han sucedido a través de los años. Se justifica la publicación en varias formas. Las cualidades artísticas y técnicas del material mantienen un alto nivel a lo largo de la colección. El paquete incluye textos amplios y bien documentados, información sobre los compositores y las circunstancias de las grabaciones, así como los créditos de los músicos.

En las siguientes décadas (90’s-10’s) Berry ya no publicó nuevo material y en consecuencia proliferaron las antologías, las Ultimate Collections, los Best of y los The Very Best. En cuanto a presentaciones personales, siguió actuando en vivo en homenajes, especiales de TV, así como esporádicas tours por Europa o regularmente los miércoles en el bar restaurante Blueberry Hill de St. Louis, Missouri, donde reside.

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En uno de esos eventos sociales, en el Teatro del Congreso local (el del sábado primero de enero del 2011 en Chicago) a mitad del show sufrió un desmayo y que sería el primer aviso grave de su endeble salud a los 84 años. Tras la recuperación sus actuaciones y giras se volvieron más esporádicas (Crocus City Hall de Moscú en 2014, por ejemplo) y bajo estricta vigilancia médica (que exige sea pagada por las empresas).

El legado de Chuck Berry es grande y determinante y muchos de sus preceptos pueden ser catalogados como parte del canon del género. Él le dio a éste un lenguaje y la prístina pronunciación de las palabras; compuso canciones sobre andanzas y fobias del adolescente cotidiano, en ellas habló de la naciente cultura como tal (icónica y temática) y de sus ansias vitales. Su decálogo está contenido en el álbum clásico The Great Twenty-Eight, ubicado entre las 50 obras máximas del rock.

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Chuck le proporcionó el beat de su corazón (mismo que sigue latiendo en los cientos de grupos que se forman en el garage y en todos aquellos que han tocado al menos una de sus piezas). Sus canciones son influencias a las cuales remitirse. Él creó varias cosas esenciales: héroes en los cuales reflejarse, el riff totémico, las coreografías referenciales, así como los principios básicos de su instrumento emblema: la guitarra eléctrica (de la que se instaló entre los diez ejecutantes más destacados de la historia).

Sí, definitivamente es uno de sus adalides, incluidas todas sus contradicciones (ya legendarias). Por eso la NASA seleccionó la canción “Johnny B. Goode” (el epítome, piedra de toque del género y una de las 100 mejores canciones de todos los tiempos, así como la primera de su autoría inscrita en el arcano rockero) en el Disco de Oro de la sonda espacial Voyager I (que fue lanzada en 1977 y que tardará decenas de miles de años en alcanzar las proximidades de la estrella más cercana a nuestro sistema solar).

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La NASA lo hizo por ser “uno de los logros más grandes de la humanidad dentro de la colección de obras culturales”, según el extinto y afamado científico Carl Sagan, miembro del comité organizador del envío. Este álbum, titulado Sound of Earth, contiene sonidos e imágenes que retratan la diversidad de la vida y la cultura en la Tierra. “Se diseñó con el objetivo de dar a conocer la existencia de vida en este planeta a alguna posible forma de vida extraterrestre inteligente que lo encontrara, y que además tenga la capacidad de poder leer, entender y descifrar el disco”.

Se rumora que en algún momento –en el transcurso de estos años– a la NASA llegó una respuesta extraterrestre, corta pero de lo más claro y contundente: “Envíen más Chuck Berry”). Hoy ese nombre además de tener reservado un sitio especial en el Olimpo del género ha impuesto un record de vida como tal: 90 años.

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