767. “Fairytale of New York” El canto de los sueños rotos
Shane MacGowan no llegó a la Navidad, el día de su cumpleaños. Ya no pudo cantar su famosa canción de temporada para los irlandeses (los de Irlanda y los emigrados a otros países y sus descendientes). La muerte lo alcanzó unos días antes, el 30 de noviembre del 2023. Sin embargo, en decenas de tabernas y en otras tantas iglesias sí se entonó esa canción (considerada como un himno oficioso del país) para conmemorar el día y para evocar la pieza por el recién fallecido.
Este compositor, cantante y poeta, cuyo nombre completo era Shane Patrick Lysaght MacGowan, nació en 1957 en Tunbridge Wells, Kent, Inglaterra. Sus padres eran inmigrantes irlandeses (pasó la mayor parte de su vida en Londres y siempre dijo que tenía una relación de amor y odio con esa ciudad).
Provenía de una familia de músicos. Su madre era una apta cantante de música tradicional y su padre le enseñó el lenguaje y los secretos de los sonidos folclóricos irlandeses. MacGowan aprendió una canción todos los días de su familia y dio su primera interpretación en la mesa de la cocina cuando tenía tres años. Poco después también empezó a actuar en público en los festejos locales y a los cinco en los tugurios, donde también comenzó a beber. Y ya nunca lo dejaría.
De adolescente la música de los Sex Pistols lo inspiró a formar su propia banda, The Nipple Erectors. «Fui feliz durante el punk. Increíblemente feliz», aseguraba. «Lo llamaban caos, pero yo no lo considero así. Lo considero vida natural». Y de esa forma tomó los excesos en la vida como un deporte extremo.
Luego de aquella primera experiencia musical, con algunos de sus amigos fundó al grupo The Pogues en 1984 (Spider Stacy, James Fearnley, Jem Finer, Andrew Ranken, Cat ORiordan, a los que luego se uniría Philip Chevron). Ahí cantó todo menos sobrio, pero las letras que él mismo escribió se destacaron. Intentó llevar el poder de la música folclórica irlandesa a la escena del rock, basándose en la literatura y la mitología (era un ávido lector).
Con los Pogues se convirtió en activista de tal estética y se volvió célebre entre la concurrencia de jóvenes nihilistas. Cantó con el whisky y el corazón de un viejo marinero que regresa poseído por la sed. Decía que jamás se le hubiera ocurrido cantar sobrio ante un público lleno de borrachos: “Sería una falta de respeto”, afirmaba (la falta de constancia y el incumplimiento debido a las adicciones de MacGowan hicieron que sus compañeros lo echaran del grupo en 1991—aunque años después regresó para beneplácito general–).
Los Pogues ocuparon en los años ochenta un lugar en una escena musical que había perdido el rumbo: demasiado glamour, estrellismo, onanista virtuosismo musical, con una industria queriendo controlarlo todo. Entonces llegaron los punks a dinamitarlo todo. Si los Sex Pistols lo hicieron a través de las raíces garageras, los Pogues lo efectuaron con una revitalización del folk a través de una mezcla insólita hecha de tradición y manierismo punk.
Esta banda trasmitió su manifiesto a base de acordeón, flauta, melodías costumbristas y actitud punketa. Sus canciones (compuestas principalmente por MacGowan) tenían como protagonistas a tipos ebrios consuetudinarios e innumerables situaciones críticas, regadas con whisky y cerveza en abundancia.
MacGowan escribió regularmente sobre la cultura y el nacionalismo irlandés y las experiencias de la diáspora irlandesa, declaraba estar avergonzado porque no había tenido el coraje de unirse al IRA. «Los Pogues fueron mi forma de superar eso». Su debut discográfico, Red Roses for Me, fue un éxito y Elvis Costello quedó tan impresionado con su sonido áspero que les produjo el segundo álbum, Rum, Sodomy and the Lash. Así vivió la banda hasta el final de los años ochenta, luego de cinco discos (a la postre lanzarían un par de álbumes más).
Por sus cantos e instrumentos fluyó el rock canalla, el folk beodo y el punk de los subsuelos, combinación que se volvió parte del menú de la música popular. Así nacieron de la mano de MacGowan piezas como “The Irish Rover”, “Dirty Old Town”, “Streams of Whisky”, “Thousands Are Sailing” y la inconmensurable “Fairytale of New York”, que sintetizó las épocas duras de los irlandeses, y por extensión la de todos sus semejantes en el mundo.
Hoy vemos a personas desesperadas que huyen de la pobreza, la guerra, el infortunio como lo hicieron, antes que ellos, millones de europeos. Los buques que salían de Irlanda hacia América en el siglo XIX se llamaban barcos ataúd por las terribles condiciones en las que se realizaba el viaje. Eran las balsas de aquellos tiempos.
A mediados de aquel siglo, cuando la gente se moría de hambre en las ciudades y pueblos de Irlanda, se aceleró aquella oleada migratoria, no muy diferente de las que vivimos ahora en el Mediterráneo o el Atlántico. Cientos de miles de irlandeses se lanzaron al mar en condiciones desesperadas.
Se calcula que, de los ocho y medio millones de los pobladores de aquellas tierras, un millón murió de hambre y un millón emigró, haciendo viajes infernales en la hacinación, la fiebre y la miseria extremas. La cultura irlandesa quedó profundamente impregnada por el recuerdo de esa experiencia traumática: “Miles navegan / Cruzando el Atlántico / A una tierra de oportunidades / Que algunos de ellos nunca verán”. Entonaron los Pogues.
En la canción Fairy Tale of New York se trata de los emigrantes que sí llegaron a su destino, a Nueva York en este caso, persiguiendo el sueño americano, tan sólo para ver y penar por sus sueños rotos.
(“En una fría víspera de Navidad/ me prometiste que Broadway me estaba esperando/ Tendrán autos grandes como bares/ Tendrán ríos de oro/ Eras guapo/ Eras bonita/ Podría haber sido alguien/ Eres un vagabundo/ Eres una vieja puta drogada/ Los tipos del coro de la policía de Nueva York/ Estamos cantando/ Mientras las campanas redoblan/ por el Día de Navidad”)
La canción es un documental gozoso sobre la rabiosa infelicidad, sobre la militancia en el abismo, sobre la catarsis y el poder brevemente sanador de la música. Es un tema lleno de fuerza y modélica banda sonora para acompañar el desahucio existencial a la medianoche. Es el cuento navideño más coreado, que bien pudo haber sido escrito por Charles Dickens.
Aún ebrio, o bajo los efectos de algo o de todo, MacGowan era capaz de crear canciones que transformaban para siempre el imaginario de las historias autodestructivas, personales o colectivas. En ello no le sobraba nada, cada palabra era en sí misma un mecanismo activador donde aparecía gente en la que toda esperanza se había perdido desde hacía mucho tiempo.
En sus cantos, buena parte de sus vencidos terminan siendo invencibles, porque son personajes que, puesto que lo han perdido todo, no tienen ya nada que perder. Daba con alguien de su entorno —como el poeta alerta que era— y lo seguía (bebía con los vagabundos en los parques). Y lo hacía, cada vez, con toda la intensidad de observación de que era posible. Y con esa intensidad escribía luego sobre ese trozo de vida interceptado, para transformarlo en una pieza pictórica en movimiento.
En él la poesía irlandesa no huía de la realidad como se había hecho hasta entonces, de todas las formas posibles, ahora con él no hacía otra cosa más que encararla, manteniendo eso sí el respeto por los personajes —en cuanto encarnaciones lucidas, tan vívidamente reales que reinventaban el arquetipo, un arquetipo ya de por sí real, lo trascendían, lo actualizaban— y por su historia, esa vida que al cantarla el autor dejaba la piel, lo que equivale a decir que construía con lo sentido y lo vivido un reflejo poderosamente honesto, plenamente descarnado.
El suyo, fue un universo cerrado en el que nada sale según lo previsto —ni siquiera los suicidas se salen con la suya, demasiado torpes, demasiado ajenos al mundo para que el mundo les dé lo que esperan. La realidad de todas las formas posibles —centrada en el influjo del Ulises joyceano—, es transformada así en un artefacto musical contenedor de historias memorables—, donde se le encara y se le canta colectivamente “mientras las campanas redoblan en el día de Navidad”.



