763. Rock y literatura (La fértil conexión) (Libros canónicos 53)

Por Sergio Monsalvo C.

Para cada persona hay libros en los que se puede hallar goce, satisfacción, actitud o circunstancia identitaria. Encontrar esos libros, poco a poco, a lo largo de la vida y establecer con ellos una relación duradera, asimilarlos gradualmente y retener su savia, constituye para el lector avezado un acto esencial en el círculo de sus placeres y por ende en el de la creación de su personalidad, participando así en el flujo de la cultura de su tiempo, en su obra (cuando la tiene) y, por ende, en el de la memoria de la especie.

Existen instantes en la formación de la cultura personal que significan una especie de conversión, cuando la materia que se está estudiando, leyendo, escuchando, investigando, deja de ser una cuestión ajena y se convierte por un tris cósmico en una revelación, en una nueva forma de estar en el mundo.

Eso pasa cuando se leen algunos libros que son parte de la biblioteca particular (la formativa que te construyó), y se descubre que a través de ellos se ha leído la obra de diversos escritores, que a la intelligentsia rockera también ha influenciado.

Que las ideas de aquellos escribas –sobre el espíritu de los tiempos, el uso de la palabra y la civilización– han sido pasadas por otro molino, el del rock, y cuya fibra y savia, se mantienen incólumes para alimentar a diversas  generaciones de escuchas quienes serán provocados a su lectura (de primer conocimiento o evocativa), para después continuar la labor y hacer que todos los semejantes posteriores hagan lo mismo, pasar la información a quienes les siguen y así sucesivamente.

Sin embargo, la estética de esos rockeros lectores habla de más cosas. Como la confirmación de que cada artista (o congregación de ellos) construye su propia tradición sin obedecer más límites que los de sus capacidades personales o combinadas, sus afinidades o sus azares de identidad y, además, de que se puede ser discípulo de autores que han actuado en diversos estilos, pero que, hay secretos de la expresión que tal vez solo puede aprender en el suyo, el propio.

T. S. Eliot, uno de esos escritores canónicos para el género, conjeturó que “un autor influye a sus antecesores, porque nos fuerza a mirarlos a través del ejemplo que él ha establecido”. Al laureado autor sin duda le hubiera halagado saber que la cultura del rock reconoce la valía de sus teorías en el arte sonoro de la actualidad.

De Eliot el rock aprendió que no se puede ser contemporáneo sin una tradición. Cada exponente auténtico, a través de las épocas, va eligiendo la suya, en toda corriente. Y ésta se inserta en el diálogo entre las generaciones y es muy importante que no se interrumpa, ni se lleve a la dispersión o a la directa abducción de zonas enteras del pasado.

Así como muchos escritores se sienten más orgullosos de los libros que han leído que de los propios, los rockeros, que forman parte de la intelligentsia del género, también enarbolan ese orgullo lector, y lo dan a conocer cada vez que pueden, como Bob Dylan (que lo hizo en su discurso de aceptación del Premio Nobel), Patti Smith, Bruce Springsteen o Kurt Cobain, por citar sólo a unos cuantos, que han enlistado aquellos volúmenes que los han formado.

Bob Dylan dixit: “Cuando empecé a escribir mis propias canciones, la jerga del folk era el único vocabulario que conocía, y lo usé. Pero yo también tenía algo más. [Había visto a Buddy Holly, a Elvis Presley y escuchado a Little Richard. Es decir, viví el nacimiento del rock and roll]. Pero también tenía principios y sensibilidades y una visión informada del mundo. Y la había tenido desde hacía tiempo. Lo aprendí todo en la escuela.

La Odisea (Homero), Hojas de Hierba (Walt Whitman), Una temporada en el infierno (Arthur Rimbaud), Moby Dick (Herman Melville), Trópico de Cáncer (Henry Miller), La diosa blanca (Robert Graves), Aullido (Allen Ginsberg), En el camino (Jack Kerouac), Almuerzo desnudo (William Burrougs), Rumbo a la gloria (Woodie Guthrie)…Lecturas que me dieron una manera de ver la vida, una comprensión de la naturaleza humana y un estándar para medir las cosas. Tomé todo eso para mí cuando empecé a componer letras”.

A su vez, en Patti Smith los temas de sus cantos se convirtieron en una especie de arquitectura comunitaria; un arte cuya recepción ha sido consumida por una colectividad en estado de “percepción”. Representan el acceso compartido de una sensación en un mundo que mantiene unida a la gente con sus problemas. La lectura se convirtió en terreno fértil para esa buscadora de una educación sentimental y emocional.

Con las canciones generó surgió una nueva subjetividad, tanto social como psicológica y, sobre todo, romántica, la cual se sustentó en libros como: Una temporada en el infierno (Arthur Rimbaud), Big Sur (Jack Kerouac), Franny y Zoey (J.D. Salinger), Swann Enamorado (Marcel Proust), Aullido (Allen Ginsberg), El primer hombre (Albert Camus), Moby Dick (Herman Melville), Canciones de Inocencia (William Blake), El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad), 2666 (Roberto Bolaño), entre otros muchos.

Bruce Springsteen, por su parte, le ha dado voz a los marginados y a los abandonados por la sociedad. Es un autor de lo cotidiano, de su poética. Sus personajes se ensucian, visten ropa de trabajo o jeans de marcas plebeyas y hablan sencillamente. En esto el cantautor se parece al escritor John Steinbeck, uno de sus preceptores. Por muy sobrias y objetivas que parezcan las descripciones que haga, siempre serán compasivas y llenas de simpatía por los «perdedores”, por los “solitarios» y sus momentos, donde juega la honestidad, serán aptos para conmover y hacer de sus álbumes algo extraordinario.

Con sus temas hay que emocionarse al escuchar que tras la espesura de los problemas y el quiebre o falta de valores hay una luz o muchas, que existen dentro y gracias al espíritu rockero, y eso es algo que hay que cuidar entre todos, como comunidad. Y por ello ha hablado de los libros que lo han impulsado: Las uvas de la ira (John Steinbeck), Moby Dick (Herman Melville), El Mago de Oz (Frank Baum), Los Hermanos Karamazov (Fiodor Dostoyevsky), Meridiano de sangre (Cormac McCarthy), En el camino (Jack Kerouac), Pastoral americana (Philip Roth), Historia de la filosofía occidental (Bertrand Rossell), Día de la Independencia (Richard Ford), Vidas examinadas (Jim Miller), Las aventuras de Augie March (Saúl Bellow).

Kurt Cobain, contrariamente a lo que suele pensarse sobre él, era un lector consuetudinario y con una cultura autodidacta más que aceptable, a pesar del medio en que se desarrolló. Y ello se reflejó en sus letras –muchas recubiertas de una buscada banalidad rabiosa, pero de encriptados sentimientos y el uso de interesantes figuras poéticas–, estuvieron muy influenciadas por su bagaje literario.

En determinado momento, el líder de Nirvana hizo una breve lista de sus obras favoritas de la literatura. Comenzó con William Shakespeare (Hamlet) y Dante Alighieri (La Divina Comedia), y continuó con autores y títulos más cercanos en el tiempo: William Burroughs con Yonqui y El Almuerzo desnudo (escritor al que admiraba, al que sintió como su mentor, y con el cual pudo tener un encuentro cercano antes de morir.

Citó igualmente a Jack Kerouac con En el camino y Los vagabundos del dharma (los escritores beats fueron siempre de su predilección); J.D. Salinger con El Guardián entre el centeno; Charles Bukowski con La Senda del perdedor; Samuel Beckett con Tres Novelas, así como nombres como el de Katherine Dunn (Geek Love), S.E. Hinton (Rebeldes), Camille Paglia con sus Ensayos Completos y Obra Selecta de Elinor Wylie.

Sin embargo, al hablar de tal listado, mencionó aparte, y con mucho entusiasmo, que una de sus obras favoritas de todos los tiempos era El Perfume de Patrick Süskind. Sobre este último título dijo al respecto: «He leído El Perfume como unas diez veces en mi vida y no puedo dejar de leerlo. Es como si algo lo estacionara en mi bolsillo todo el tiempo y simplemente no me deja». Fue entonces, cuando decidió componer una pieza que lo evocara para siempre: “Scentless Apprendice”.

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