Rock vs. Escuela

Instinto primario

Por SERGIO MONSALVO C.

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En el principio, dada su entrega ontológica al instinto como valor supremo, la hostilidad del rock hacia la educación fue una actitud consecuente, digamos “natural”, de su ser y estar en el mundo como venero musical representativo de una nueva generación.

Aquel tema se preludió en la cinta Blackboard Jungle (de 1955) e impactó con su presencia y ritmo en el soundtrack (acompañando los créditos de la misma). Tiempo después, en la película Rock and Roll High School, filmada de 1979 y estelarizada por los Ramones, la intuición y el sentimiento como paradigmas románticos del género se apuntaron una victoria tan arquetípica como arcaica sobre la tiranía educativa del intelecto.

En dicho filme, al igual que los románticos de todas las épocas, los alumnos de la Vince Lombardi High School (un homenaje inherente a la sublimación de lo común de Walt Whitman, gran gurú del rock) prefieren organizar fiestas al aire libre antes que someterse a las enclaustradas dosis de disciplina académica y música de Beethoven prescritas por los pedantes maestros que ejercen una autoridad temporal sobre sus vidas

 Rock and Roll High School finaliza como debe suceder en todas las películas sobre el tema: con la escuela incendiada y los Ramones cantando un himno a los impulsos primarios. En palabras de Screamin’ Steve, el personaje del deejay de la película, se trata de “una confrontación clásica entre la autoridad estrecha de miras y la naturaleza rebelde de la juventud”. Una obra maestra del convencionalismo rockero.

Hollywood comprendió rápido la antipatía existente entre el sistema educativo occidental y el espíritu romántico del rock, como ya quedó asentado, y tal cual siguió siendo veta de innumerables guiones.

Sin embargo, y a pesar de todo, la tópica aversión del rock hacia la educación no constituyó una bárbara sustitución de la razón por la anarquía. El rocanrolero primitivo supo apreciar la razón, tal como lo hizo uno de sus tótems: el poeta y pintor William Blake, quien como parte de la filosofía romántica afirmó que la razón era “la circunferencia constreñida o el exterior de la energía”.

El ejemplo: en la pieza “Nazi Punks Fuck Off”, el rock presentó el improbable espectáculo de los Dead Kennedys, músicos de la costa occidental de los Estados Unidos, advirtiendo a su público entregado al slam que sucumbirían al neofascismo “a no ser que se pusieran a pensar”.

“Tus emociones te convierten en un monstruo”, señalaron tales músicos en otro pasaje dentro del tema “Your Emotions”. Y todo ello por parte de los autores mismos de “Let’s Lynch the Landlord” (Linchemos al terrateniente).

El respeto que estos representantes mayores del punk mostraron hacia el pensamiento no contradijo su energía instintiva, así como la deferencia de Blake hacia la razón tampoco subvirtió su premisa inicial de que la “energía es la única posibilidad de vida”.

En el género musical rockero, lo mismo que en el romanticismo de Rousseau o de Blake, el sentimiento siempre irá en primer lugar pero la razón será el freno creado por él mismo para tal circunstancia.

Blake y Rousseau se lamentaron de que la sociedad occidental invirtiera los papeles “naturales” de sus individuos entre estos elementos, asignando a la imaginación y al raciocinio papeles subordinados a sus propios sentimientos.

Si en los primeros tiempos el rock se plegó a una consigna contestataria, también es verdad que desde su segunda década de existencia (a partir de mediados de los sesenta) comenzó a respetar a la razón y al lugar del que provenía: los libros, así como a sus autores e ideas. Seleccionó, anotó y esgrimió desde entonces su canon respectivo, con Blake, Rousseau, Goethe, Rimbaud y los simbolistas franceses a la cabeza.

Ése fue el primer gran sisma del género. La Academia entró en el rock con paso firme y determinado. De las escuelas de Arte y de las universidades emergieron los nuevos representantes y avatares.

El rockismo y el art-rock fueron las dos grandes ramas (que a veces se cruzan y a veces se repelen), salidas del mismo tronco, del que a la postre florecería un gran follaje. Con los libros, la palabra y la poesía, el género se volvió vigoroso y neuronal, además de energético e instintivo.

Ambos conceptos ilustraron al apetito puro, salvaje, popular y catártico; y/o la curiosidad existencial, visionaria, utópica o cínica, de sus participantes. Se habló de ver la televisión como Umberto Eco sugería; de tomarse unas cervezas mientras se leía a Hesse, McLuhan, Marcuse, Burroughs, Canetti o al Pato Donald y a los Freak Brothers; de recorrer en auto el camino, todos los caminos, como medio y no como fin tal como Kerouac defendía y así por el estilo.

Pero también se escuchó que la energía no se fomenta por medio de la educación formal e impuesta sino a través de su abolición y otras alternativas. “¡La escuela ha terminado para siempre!”, gritó Alice Cooper.

Pero por igual se participó en el anarquismo romántico, ése que se imagina un universo en el que sabiduría es sinónimo de energía; por lo tanto, el rock odió la inercia de la estupidez tanto como cualquier racionalista y se leyó a los héroes contraculturales de todas las épocas.

Dentro de esta naciente mitología la escuela mutilaba al instinto y mataba por igual a la energía y a la razón. Pero no a los escritores que se habían enfrentado al sistema, al establishment, a su voluntad gregaria y que nutrían con sus ideas y con su espíritu individualista las nuevas canciones.

El rock pues, comenzó a enseñar mejor las realidades de la vida que los programas escolares: “Oye, maestro, ¡deja en paz a esos niños!”, traducción más que elocuente hecha por Pink Floyd del Emile de Rousseau. “Aprendimos más de un disco de tres minutos, nena, de lo que aprendimos jamás en la escuela”, afirmó Bruce Springsteen en “No Surrender”.

En la razón, intuición, sentimientos y el bagaje de sus exaltados mentores está contenido el sentimiento que le inspira vida al rock desde entonces. Su Yo dinámico es fruto del romanticismo decimonónico, de la líbido freudiana, del viaje beatnik exterior e interior, circunstancialmente puede adoptar estas apariencias o cualquier otra, según la época y lecturas de su autor.

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