Savages

Y sin mover las nalgas

Por SERGIO MONSALVO C.

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Entre sus ocurrencias, la sociedad del espectáculo ha tratado de expandir el lugar común de que el rock y el pop son la misma cosa. Nada más lejano de ello. Pueden compartir escenarios pero los significados siempre serán distintos. El pop toda su vida ha sido retrospectivo y con un marcado sentido lucrativo que acota sus límites territoriales. Poca o nula experimentación.

En estos momentos sus actividades principales son el reciclamiento y el ensamblaje. Su idea general es seleccionar los más destacados trocitos del pasado, de su legado, asociarlos, combinarlos, sacudirles el polvo y restaurarlos para con ellos armar algo no mejor, sino construido para enganchar, redituable y benéfico para el marketing: una fábrica de éxitos.

Por ejemplo: toma un poco de Tina Turner, otro tanto de Grace Jones, recalienta aquel sonidito hiphopero de los noventa, aumenta a discreción la  espuma sexy, le pone una pizca de glitter, mucho rímel, enciende el mechero con la chispa de una canción sobre el amor no correspondido o la exposición de un engaño conyugal y listo: tiene a Beyoncé, y así por el estilo (Rihanna, Janet Jackson, Mariah Carey, et al).

De esta manera, el pop (con la etiqueta de r&b, dance, urban music o lo que esté a la orden del día) construye el gusto musical (con ganchos, estribillos, capas de hooks y repeticiones insaciables) con la esperanza de intoxicar al escucha (requiere de muy poca capacidad de atención).

Sin embargo, todo es prestado (incluso se hace creer que tales personajes escriben sus propias canciones, mientras los coautores permanecen discretamente en la sombra). Y para prevenir en caso de que las cosas no salgan a la perfección, o falle la fórmula y acaben sonando como una parodia de sí mismas, pues a agitar el trasero y convertirlo en el punto de fuga: “a mover las nalgas señoritas, que la casa pierde”.

Ahí el pop puede ser realmente ingenioso y perverso; puede hasta poner a ex estrellitas del Disney Channel a actuar de niñas malas frente a los medios (Miley Cyrus, Britney Spears, Selena Gomez) o a enarbolar la bandera del feminismo más chic o trendy, subrayándolo con letras en neón para la escenografía. El pop, por eso, es un argumento al que cualquiera puede sumarse y arrastrar toda idea a su coreografía.

Las vedettes de la música pop venden autoafirmación para mujeres ávidas en un paquete junto al perfume, la lencería o los gestos sexys e invitantes del videoclip, al igual que antaño lo hacían con fantasías románticas y el spray para el pelo. Artísticamente el resultado no significa mucho, sólo publicidad como añadido para vender la descarga multimedia y el show en vivo. La industria musical y las empresas han descubierto que el feminismo puede ser un producto tan comercial como cualquier otro.

Aunque no todas las involucradas en dicho movimiento crean que mover rítmicamente los glúteos sea el camino hacia la igualdad buscada. Heidi Sarfa Mirza (escritora, historiadora, investigadora social y referente indiscutible acerca de los estudios feministas) ha dicho al respecto que una cosa es citar tesis, autoras o la palabra feminismo en cualquier entorno, por pulido o popular que sea, y otra muy distinta convertir el trasero en la bandera de dicho movimiento: “Me entristece ver cómo volvemos atrás a través de dichos bailes que no son más que otra forma de explotación sexual para beneficio comercial de la industria de la música y de la moda”, asevera.

Dentro de otro tenor se sabe que las ideas artísticas sólo son respetables cuando son independientes, es decir, cuando no se dejan usar como herramienta de pasarela o mercantil. En el medio sólo sobreviven como saber autónomo ahí donde se resisten a esas realizaciones interesadas. Ese es uno de los puntos que marca las diferencias del pop con respecto al rock.

The Savages es un grupo de rock con integrantes femeninas. La cantante, Jenny Beth es francesa (su verdadero nombre es Camille Berthoimer), mientras que la guitarrista Gemma Thompson, la bajista Ayse Hassan y la baterista Fay Milton, son británicas. La banda se fundó en Londres al comienzo de ésta década con bases muy bien construidas. Sus miembros se conocieron en una escuela de arte de la capital inglesa, esa cuna totémica del rock británico. Tanto sus orígenes como sus estilos hablan de diversidad, como los tiempos que corren.

La sonoridad que representan está inscrita dentro de un sólido rock que ellas componen y al que alimentan varios vasos comunicantes: desde el estilo alternativo, pasando por el post-punk, el noise hasta el indie. Y sus influencias son también plurales. En lo musical se reconoce a Patti Smith, Souxie Sioux y P.J. Harvey iguale que a PIL y Joy Division.

En lo cultural están presentes en sus tracks las referencias cinematográficas (Ex Machina, por mencionar alguna), literarias (su nombre fue extraído de El Señor de las Moscas, de William Golding), plásticas (actúan regularmente con grupos de performance: Bo Ningen de Japón, entre otros) y de danza (con coreografías de Dead Forest Index, como muestra).

Es decir, es una agrupación refinada a la que tanto su bagaje como su intención conducen a un nivel superior al de la mera diversión. Es una banda femenina inclusiva en la que influencias y colaboraciones masculinas son recurrentes y bienvenidas. Reconocen en el otro la aportación a su obra, lo mismo en contenido que en estructura.

Asimismo, mantienen para sí la directriz y actitud conceptual tanto de Patti Smith como de Chrissie Hynde. Un legado que fue (y es aún) el sello distintivo de aquellas autoras en su afán por integrar completamente el arte a la vida. Una actitud que se corresponde con la trasgresión del lenguaje. Patti Smith, con el puño en alto, no ha dejado de gritar desde los años setenta “You Are Free, You Are the Revolution”, mientras Chrissie Hynde (líder de los Pretenders) lo ha hecho también con el puño alzado dirigiéndose a las nueva rockeras: “No crean que enseñar las tetas y tratar de parecer un objeto sexual les ayudará en este oficio. Recuerden que están en un grupo de rock. En él la actitud no debe ser la de ‘Fuck Me!’ sino la de ‘Fuck Off!’”.

Ambas son personalidades influyentes dentro del género y de la música en general y nunca han movido el trasero como tampoco lo han hecho otras mujeres de la misma tesitura, involucradas en su momento socio-histórico: Billie Holiday (blues), Aretha Franklin (soul), Sarah Vaughan (jazz), Ruth Brown (rock & roll), Meshell Ndegeocello (hip hop) o Adele (cantautora).

Las palabras de Smith y Hynde son difíciles de rebatir. El rock es música reivindicativa y de sentimientos. Las mujeres tienen mucho que reivindicar y motivos para estar disgustadas. Por eso el rock también es suyo y no deben esconder la rebeldía, que no tiene edad, y tampoco mostrarse ignorantes y cerrar los ojos ante los mencionados espectáculos del pop.

The Savages han hecho suyo aquel legado de sus predecesoras, y no sólo en la actitud sino también en la coherencia de sus discursos, tanto de forma como de fondo: el equilibrio entre los modos clásicos del rock y su modernización; entre su prédica y la puesta en escena; los paralelismos con películas, performances y danzas sobre temas y épocas que acaban conformando una obra unitaria y enriquecedora.

La obra justa para tiempos agitados. Sin apariencias que desvíen la mirada del verdadero núcleo de su exposición. Sobre la gente que se desenvuelve en un universo de lo cotidiano y fondo épico: el amor, sobre todas las cosas, tal como sugería el cineasta John Cassavetes en películas como Shadows, Faces y Husebands, entre otras, donde sus protagonistas tenían que lidiar con las diferencias entre ellos y sus amigos y amantes; con sus alegrías y miserias, sus problemas y su forma de enfrentarlos.

Dicha postura fílmica influyó en las Savages para realizar su primer álbum, Silence Yourself (2013), donde canalizan el acontecer de las relaciones en canciones como forma de angustia, de expresión y de liberación, concluyendo que a pesar de todo la vida sigue, con su ternura y amor.

Éste por encima de la ley del mercado. El amor como respuesta, sin tópicos, por problemático y viciado que resulte. No importa finalmente, como proponen en su segundo álbum  Adore Life (2016). Una veneración a la vida aunque ésta a menudo duela y con el puño al viento de la portada como símbolo de unidad, de fuerza y desafío. Un idioma –el suyo- que invita a perseguir la emoción y la reflexión desde el punto de vista femenino, con la magia mística de la propia composición.

Eso las hace herederas contemporáneas del rock puro, en esencia; de aquellas mujeres que como ha señalado George Steiner, el maestro y filósofo para la actualidad, “de forma muy especial contribuyen en estos tiempos a recuperar los sueños y las utopías”, y sin mover las nalgas.

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