Rock & Roll

65 años para empezar (VI / 00’s)

Por SERGIO MONSALVO C.

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La década de los años cero, la primera del siglo XXI, significó cambios y hubo cambios. El 11-S del 2001, el ataque a las Torres Gemelas en Nueva York, cambió la faz del mundo como la conocíamos. Las palabras: terrorismo, vigilancia y seguridad se volvieron conceptos, prioridades de los Estados para implantar el control. Se anularon garantías y privacidades.

Asimismo, la contracultura se convirtió en una categoría más del mercado. La nueva generación ya no quería salir del sistema, sino estar dentro de él. Pertenecer a él con todos sus derechos: casa, vestido, sustento, trabajo, seguro médico, etcétera. La negrura del abismo financiero, la crisis económica, hizo al planeta ponerse de rodillas. Si los bancos y las Bolsas de Valores (solapadas por los políticos a su servicio) quebraban, había que clamar porque los gobiernos acudieran en su ayuda, por el perdón y para que se les prestara dinero público y volvieran a las andadas: desregulación de los mercados o lo que es lo mismo: tierra sin ley.

Se hizo absolutamente visible el nuevo mesías. Steve Jobs mostró tanto en su vida personal (de corte new age) como en su política de empresa al frente de Apple (con el slogan doctrinario: “Piensa diferente”) las tendencias que serían la nueva religión: “Tu iPhone te hará libre”, “Apple ha dado el paso desde ‘el capitalismo con rostro humano’, hasta el de textura cool’ (“el diseño de sus objetos fue sensible y emocional, ¡Wow!,¡Oh My God!”), aunque sus oscuros manejos del empleo globalizado fueran cuestionables y su comunicación corporativa de culto personalista y mesiánico (sus apariciones presentando cada nuevo avance tecnológico o gadget, como un profeta pregonando una dádiva, como ejemplo).

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A partir de ahí la generalidad quiso ser diferente, para formar parte del rebaño sagrado de la Trend Technology, de Internet. El perfil de Facebook, el blog y demás redes. “Creer”, “conversar”, “vestirse de rebelde”, “ser original como el hilo negro”. ¡Todo on line, siempre on line! Tales son los anhelos de los miembros de la última tribu global. Un grupo humano que no entiende la frontera que marca la línea entre lo underground (lo subterráneo, lo alternativo) y lo mainstream (lo comercial, la cultura de masas), una divisoria que a partir de esta década parece más difusa.

Ha cambiado la estructura de la cultura, si antes había una crítica que manejaba estándares entre lo bueno y lo malo de una manera profesional y argumentada, ahora lo que funciona es lo viral, el tweet que posibilita Internet y las redes sociales, lo emotivo y visceral sin razonamiento alguno.

Los líderes, los partidos políticos, las iglesias, se ganaron la desconfianza general debido a sus actos, infamias, corrupción, falta de ideas, conservadurismo y desfasamiento. El individuo buscó en la nada la respuesta a sus cuestionamientos de “¿Quién soy?” Y en Internet encontró una ilusión de ser “popular”, de “tener millones de amigos”, de “enamorarse sin moverse de casa”, de “transformarse” o de “inventarse” en cualquier cosa, de “verlo todo” sin conocer nada, igual que otros millones de semejantes que luego buscaron apropiarse de ello, hacerlo accesible y rentabilizarlo. Se trató de una necesidad que el mercado ligó para sí.

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Sin embargo, dicho comportamiento social se quemará pronto, las tendencias –a partir de esta década– cambian rápidamente y duran muy poco. La obsolescencia programada hace que se tenga que cambiar de productos, a veces incluso antes de que dejen de funcionar, pero también se cambia rápido de pareja, de canal, el zappin’ es el deporte por antonomasia. La sociedad de consumo se basa en que la gente pueda acceder a cosas nuevas. En exigir ese derecho a ser diferentes para ser iguales a todos los demás. “Intégrate”. Es lo que los años cero vendieron como revolución.

La perfección en el consumismo galopante contemporáneo nació con en el cambio de siglo, formada por gente que tuvo por dogma la ropa de marca, la tienda especializada, escuchar el pop de hace un minuto y tratar de llevar una intensa vida social, festiva y absolutamente digital. Sostuvo una relación con las marcas, es decir: fue consciente de las estrategias de marketing, de que todo era falso, pero las usó igual. Estuvo creado (el gusto) desde la comunicación: importó y fue cool hablar de ello.

La fantasía sobre ‘lo diferente’ (sea cultural, económico o de clase) en el campo de la música se combatió con la autenticidad. Algunos artistas se afanaron en tender puentes entre las dos orillas de ese abismo entre el mainstream y lo alternativo y su estilo fue reconocido en ambos lados, sí, pero no como algo macroeconómico sino como fenómeno estético (hipermodernismo), y constituyó la excepción, no la regla. Ahí aparecieron los nombres de Radiohead, Gorillaz y White Stripes como faros señeros.

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La calidad estética y visión de Radiohead, por ejemplo, volvió singular cada nueva pieza suya que aparecía (y aparece). Por eso, cuando se escucha una composición del grupo se tiende a analizarla, a segmentarla, para encontrar la proyección de cada idea. El discurso de esta banda de Oxford brilla cada vez más con luz propia.

Su estilo no puede ser confinado o reducido a un ámbito único. Se trata de un fenómeno discursivo que implica y cuestiona lo musical y extramusical, lo conocido y lo nunca escuchado, tanto como las expresiones, bagajes culturales, sociales, subjetivos e ideológicos, imágenes y terrores existenciales contemporáneos, sin los cuales no sería posible la comprensión de su trabajo.

La función de la música de Radiohead en un mundo en que se ha dado la ruptura de la armonía entre el hombre que sabe y el hombre que siente, será siempre doble: expresar al mismo tiempo la alegría y la pena. Hacer lo primero con los medios de la segunda y viceversa. Es lo que los antropólogos sociales conocen como “estados luminares”. El grupo que representa mejor esta circunstancia existencial en la música es Radiohead. Quizá el mejor grupo de la primera década de los años cero.

Éste era hasta ese tiempo sólo la banda de culto de referencia en el rock alternativo. A partir de los años cero, se convirtió también en el pionero de una vía inédita en grupos de éxito. Respondió al éxito de Ok Computer (1997) con Kid A, un disco oscuro sin singles ni vídeos que aun así llegó al número uno en el 2000.

A él le siguieron Amnesiac y Hail to the Thief hasta que años después, la banda rompió con la industria renunciando a discográficas o promociones, aunque con el marketing de su revolucionaria distribución (por Internet y con precio a voluntad) con el bello y brillante disco In Rainbows (2007). Un camino que siguieron muchos desde entonces.

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Por su parte, ese proyecto (multi)cultural llamado Gorillaz, con sus muchos puentes estéticos, surgió de una iniciativa original de Damon Albarn (cantante del grupo de brit-pop Blur), quien reunió en torno a sí a una serie de artistas de diversos ámbitos, lo mismo del musical que de la industria del dibujo animado.

Albarn, junto al ilustrador Jamie Hewlett (creador del cómic Tank Girl) diseñó a los cuatro integrantes de Gorillaz: Murdoc, Russel, Noodle y 2D, los cuales se convirtieron en la primera banda virtual del naciente siglo. Y tras la idea hubo una teoría de la comunicación y de la música como aparato social (del Método Suzuki al hipermodernismo).

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La combinación entre música e imagen nunca ha dejado de existir. La música como experiencia primaria ha estado representada visualmente de una u otra manera. En los años cero, debido al asunto Gorillaz hubo que agregar las postales digitalizadas, el realismo virtual, los discos compactos con videos incluidos, la grafía oriental, la filmación animada tridimensional, el graffiti, y para cumplir con su fundamento multimedial extendió su presencia en la web con un imaginativo sitio y diversos links interactivos.

Todos fueron elementos de las nuevas formas y lenguajes de la cultura contemporánea, porque en la década pasada ¿cómo se podría hablar de música sin tener en cuenta la influencia del cine, la televisión, el videoclip, el cómic avant-garde o el videojuego? Por su parte, el apartado musical de los Gorillaz llevó consigo el espíritu de la época con una mezcla que fluctuó entre la rítmica cubana y el hip hop, pasando por el punk y otros campos sonoros diversos: eclecticismo puro.

Y si en el rock avant-garde estuvieron Radiohead y Gorillaz con sus propuestas, también la actualidad del rock en el comienzo del nuevo siglo se mantuvo fiel a sus raíces: el garage. Su imagen es la altamira primigenia del género. Cinco décadas con sus particulares generaciones lo habían reafirmado y proclamado cada una en su momento. En la primera decena del siglo XXI con el neo garage.

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Las primeras bandas intérpretes de tal corriente del presente siglo fueron los White Stripes, Strokes, Kaizer Chiefs, The Hives, Black Lips, Dirty Pretty Things, Raveonettes y Kings of Leon, por mencionar algunas. La barbarie mitológica garagera mantuvo incólume con ellos y otros muchos sus constantes originales como subgénero: ruidoso, desaliñado y urbano; en lo espiritual: energético, crudo y primitivo, y en sus vibraciones temporales: del rock clásico, rhythm and blues, surf, Ola Inglesa, pop, frat rock, punk, new wave, grunge, indie…a lo que se fuera sumando. El garage es una ciencia musical y tales constantes lo volvieron a legitimar.

Y si en los comienzos el estilo fue estadounidense, blanco y suburbiano, con el paso del tiempo se volvió cosmopolita y sin filiación étnica específica. La diáspora de esta expresión rockera emprendió rutas diversas e impensables por los cuatro puntos cardinales del planeta. En los albores del siglo XXI el garage (con su prefijo neo) resultó tan familiar como un déjà vu.

Los representantes de esta música en los años cero, no nacieron por generación espontánea. Todos tenían bien identificado su ADN, sus influencias y sus fuentes, sus piedras de toque. El noise y las músicas alternativas les proporcionaron el sustento a los más recientes. En el rock de garage toda creación celebra su eterna vía misteriosa, monológica, y toda gestación inaugura la vida. Ambas, festejan el constante avance del retorno.

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Detroit, en el estado de Michigan, es la cuarta capital de la música en los Estados Unidos. De ahí brotaron los mejores ejemplos del soul, del proto-punk y en el siglo XXI del neogarage, con sus riffs y lo-fi. El major ejemplo estuvo encarnado por los White Stripes, quienes fueron la sublime síntesis donde confluyen todos los cables del estilo (sesentero, proto-punk, punk, psycho, psicodelia, underground…) junto al blues, el country y el folk. Ni más ni menos.

Jack White, el cerebro del dueto, entró en la categoría de los que hacen art-rock, por su formación cultural y todos los intereses que mostró junto a la música: pintura, arquitectura, cine y músicas diversas (la variedad de grupos alternos que ha creado a la postre así lo demuestran). Todo el bagaje de Jack se canalizó hacia un minimalismo donde el axioma “menos es más» consiguió la legitimación de lo auténtico: el beat elemental.

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El estilo de los White Stripes (creadores del último gran riff) se encontró en lo musical y también en todo el arte que rodeó al dúo: los videos (dirigidos siempre por reconocidos cineastas), escenografías, vestuarios y portadas de discos. Por ello Jack White fue considerado, desde entonces, como uno de los mejores compositores de rock de todos los tiempos y también uno de sus máximos guitarristas. Los White Stripes representaron la hipermodernidad del garage en la primera década del siglo, con la múltiple selección de cosas por sobre el imperio del tiempo.

Los años cero tuvieron una coyuntura socioeconómica crítica que atentó contra su propia realidad. El rock continuó su proceso evolutivo con las propuestas mencionadas. En el pop, por su parte, el contexto del antaño fue clave para entender cualquier manifestación de tal década. Y cupieron las preguntas de si era mejor que robara la estética de antaño a que no la tuviera; que comprara todos los lugares comunes de la nostalgia, pero sin poseer una que le fuera propia.

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